martes, 2 de junio de 2020

El Supremo deja fuera de la ley las banderas separatistas y LGTB en los edificios públicos

La sentencia señala que es ilegal poner banderas no oficiales en esos edificios

El Supremo deja fuera de la ley las banderas separatistas y LGTB en los edificios públicos

Hoy se ha conocido una sentencia del Tribunal Supremo que tendrá una gran relevancia sobre el uso de banderas no oficiales en edificios públicos, algo habitual en España.
Una sentencia contra el uso de la bandera separatista canaria en un ayuntamiento
Según informa hoy la web del Poder Judicial, la Sala Tercera de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo “anula el acuerdo del Pleno del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, de 30 de septiembre de 2016, que reconocía la bandera nacional de Canarias (la bandera de las siete estrellas verdes) como uno de los símbolos del pueblo canario acordando su enarbolamiento en un lugar destacado de la sede central del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife el 22 de octubre de 2016″.
La sentencia prohíbe el uso de banderas no oficiales en edificios públicos
Según la sentencia, “no resulta compatible con el marco constitucional y legal vigente, y en particular, con el deber de objetividad y neutralidad de las Administraciones Públicas la utilización, incluso ocasional, de banderas no oficiales en el exterior de los edificios y espacios públicos, aun cuando las mismas no sustituyan, sino que concurran, con la bandera de España y las demás legal o estatutariamente instituidas”. Esta sentencia se limita a consolidar lo señalado en la Ley 39/1981, que sólo contempla el uso de banderas oficiales en los edificios públicos.
La decisión del Supremo afectará a banderas separatistas, republicanas y LGTB
La sentencia va a tener enormes repercusiones legales en España, no sólo por ilegalizar el uso de banderas separatistas en edificios públicos (algo muy frecuente en Cataluña), sino porque también deja fuera de la ley el uso de la bandera tricolor de la Segunda República, que algunos ayuntamientos gobernados por la izquierda han colocado en edificios públicos con motivo del 14 de abril (aniversario de la proclamación de ese régimen). Así mismo, conforme a lo que indica esta sentencia, tampoco podrá seguir colocándose la bandera del arco iris o LGTB, pues no se trata de una bandera oficial, ya que ningún texto legal español la reconoce como tal.
El uso de esas banderas en edificios públicos será denunciable ante la Justicia
Así pues, de cara a las próximas celebraciones del “orgullo LGTB”, si en algún edificio público se coloca esa bandera o cualquier otra enseña oficial, se estará incurriendo en una ilegalidad que podrá ser denunciada ante la Justicia, y la institución correspondiente estará obligada a retirarla, conforme a la jurisprudencia establecida hoy con esa sentencia del Tribunal Supremo. De no proceder a su retirada, la autoridad correspondiente podría ser condenada por un delito de desobediencia, y por tanto podría ser inhabilitada para el cargo, como le ocurrió hace dos años a la alcaldesa de Berga (Barcelona), perteneciente a la CUP y que se negó a retirar la “estelada” separatista de la sede del Ayuntamiento.

lunes, 1 de junio de 2020

Los sucios trapos de Iglesias

Las tácticas de Pablo Iglesias son burdas, rastreras, contrarias en fondo y forma al sentido de la palabra «democracia», repugnantes en términos éticos e indignas de un servidor público, pero útiles para alcanzar la meta que persigue con ahínco este Gobierno: liquidar el régimen del 78, abolir de facto la Constitución fruto de aquel consenso, empezando por las libertades consagradas en su articulado, y alumbrar una España irreconocible, más pobre, más dividida, más débil y más enfrentada. Una España sin Rey y sin Ley común, de taifas gobernadas por caudillos locales, ciudadanos sujetos al alpiste estatal, votantes cautivos, empresas expulsadas o controladas, jueces dependientes del poder político, cuerpos y fuerzas de seguridad subyugados y medios de comunicación sometidos, donde establecer
 «sine die» su tiranía encubierta; ésa que están ensayando con tanto éxito como impunidad aprovechando una epidemia atroz para perpetuar el estado de alarma.
El vicepresidente es la cara más fea del Gabinete, pero no es un verso suelto. Antes al contrario, constituye un pilar esencial de la estructura levantada por Pedro Sánchez en su afán de consolidar la poltrona. Si hasta su investidura le quitaba el sueño (o al menos eso decía tratando de pescar en los caladeros socialdemócratas) ahora saca el máximo partido de un reparto de papeles consistente en reservarse el de hombre de Estado, moderado, dialogante, templado y seductor, cediendo a su número dos el de matón de discoteca, que Iglesias desempeña con gusto pues le va como anillo al dedo. Está en su naturaleza de chekista nacido a destiempo, en su ideología comunista, en su mentor, Hugo Chávez, en sus referentes políticos, encabezados por Marx o Lenin, y en su proyecto de «tomar el cielo al asalto» y «convertir lo imposible en real», siguiendo las enseñanzas de los revolucionarios a quienes venera. El totalitarismo es su credo. La intimidación, su herramienta. Así como la mentira es el arma favorita de Sánchez, las suyas son el amedrentamiento y la provocación. Atrás quedó la época en la que recorría los platós de televisión fingiendo ser un tipo cordial, mientras utilizaba las redes sociales para pedir a sus seguidores munición comprometedora contra sus interlocutores. Ya no intenta parecer simpático. Ahora asoma sin pudor la patita de extrema izquierda, amenaza a diputados rivales desde la tribuna del Congreso y embarra el campo de juego con cortinas de fango hediondo, viendo con delectación cómo la oposición en pleno embiste a pedir de boca los sucios trapos que pone ante ella.
¡Pobre España, huérfana de alternativa ante este tándem liberticida carente de frenos o escrúpulos! Mientras el peón que han colocado en Interior desmonta pieza a pieza la cúpula de la Guardia Civil, con el claro empeño de minar la obediencia del Cuerpo a la legalidad vigente; mientras su comisaria en la Fiscalía General amordaza a los fiscales; mientras la Abogacía del Estado se transforma en abogacía del Gobierno y azote de jueces independientes; mientras avanza a gran velocidad el proceso de liquidación de las instituciones democráticas, tanto el PP como Vox entran al capote del provocador podemita y se olvidan de lo importante para seguir, como principiantes, los señuelos que les arroja. Así, el debate público gira en torno a marquesas, padres, grupos terroristas disueltos o inexistentes intenciones golpistas, en lugar de centrarse en el pacto de la vergüenza con Bildu, el ataque a la Guardia Civil, el arresto domiciliario masivo que emboca ya su sexta prórroga o lo que más aterra al Ejecutivo: los cerca de cuarenta mil muertos achacables a su negligencia en la gestión del coronavirus. Y la oposición, a por uvas.
Isabel San SebastiánIsabel San SebastiánArticulista de OpiniónIsabel San Sebastián

CESIONES QUE DAÑAN AL ESTADO




El presidente del Gobierno confirmó ayer, tras una nueva vieoconferencia de presidentes, que pedirá al Congreso autorización para la sexta prórroga del estado de alarma. Tras ceder a las exigencias de los separatistas, Sánchez se ha garantizado el apoyo para extender un recurso que le procura unos poderes especiales.
En lugar de finiquitar esta anomalía constitucional, sustituyendo la alarma por la legislación ordinaria que garantiza la preservación del control epidemiológico, sigue decidido a prolongar al máximo un marco legal que cercena derechos fundamentales como el de circulación.
No cabe esperar ya un gesto de responsabilidad por parte del Gobierno socialcomunista, refractario desde el principio -por cálculo partidista- a asumir un plan b a la legislación de emergencia. Pero sí hay que consignar el giro, uno más de Sánchez, al pactar esta prórroga con sus socios de investidura.
La vuelta al redil de la moción de censura, de la que hoy se cumplen dos años, descoloca a Ciudadanos, que se abrió a apoyar la alarma en las dos últimas votaciones.
La formación que lidera Inés Arrimadas tendrá que sopesar si sigue confiando en un presidente sin palabra y decidido a mantener su hoja de ruta al lado de la izquierda radical y populista, los golpistas del procés y los herederos de ETA.
La prolongación del estado de alarma, avanzada ya la desescalada, no responde a criterios técnicos o científicos, sino al ansia del Gobierno de perpetuar este instrumento. Es evidente que los datos relativos a la pandemia se han relajado de forma clara. Por tanto, lo preceptivo es pilotar un regreso, gradual y ágil, a la normalidad.
No solo para restaurar una contexto institucional ordinario, sino para coadyuvar en la recuperación económica. No obstante, resulta verdaderamente nocivo para los intereses generales que Sánchez siga echado en brazos de quienes no tienen mayor horizonte que destruir la nación. Con el PNV ha acordado traspasar la gestión del ingreso mínimo vital al País Vasco y Navarra.
Así, ratifica a los nacionalistas vascos como interlocutores del Gobierno foral, lo que resulta inadmisible. Ante ERC ha cedido en volver en julio a la mesa bilateral y extraparlamentaria con la Generalitat, además de dejar en manos de las comunidades la fase final hasta culminar en el 21 de junio, cuando los españoles recuperen la libertad de moverse por todo el territorio nacional.
Sánchez, que en una semana ha mutado de la «cogobernanza» a prometer la «gobernanza absoluta» a las CCAA, ha convertido la desescalada en una subasta autonómica, consintiendo privilegios y provocando la razonable queja de presidentes como Díaz Ayuso o Moreno Bonilla.
El Estado sale muy debilitado de este cambalache. Y todo para extender la alarma, una herramienta que ya es prescindible, y para satisfacción política y personal del propio Sánchez. Pésimo bagaje mientras el país se hunde.
El Mundo

MORIR CON DIGNIDAD

LA TABERNA DE PLATÓN
MORIR CON DIGNIDAD
-La España de hoy es fruto del esfuerzo de la generación que ahora están dejando morir algunos hijos de la gran puta y de los que moriremos un día de estos…Eso ya se ha dicho.
-Somos los de la post guerra; los que salimos del hambre y la miseria que nos habían dejado de herencia los unos y los otros con nuestro trabajo y con el esfuerzo para combatir la dictadura.
-Luego nos tocó hacer un ejercicio de conciliación que nos llevó a todos al mayor periodo de progreso y democracia…Y así avanzamos hasta que una nueva generación de niñatos de uno u otro pelaje han venido a joder la marrana…tanto los repeinados de un lado como los piojosos del otro.
-Ahora sólo nos toca esperar a palmarla…¡pero no pasa nada!…¡LO HAREMOS CON DIGNIDAD!…¡CON DOS COJONES!…
-Y como satisfacción última sólo me queda el consuelo de que si a nosotros nos toca morir como perros, lo haremos como mastines, mientras que toda esta purria que nos ha sustituido lo harán como hienas destripadas.
Agustin Muro

Las duras críticas del general republicano Vicente Rojo a la bandera tricolor: «Solo consiguió dividir a España»

En una artículo hallado en al Archivo Histórico Nacional, el famoso jefe del Estado Mayor de la Segunda República aseguró que «el pueblo no anhelaba incorporar a la bandera de España el color morado de Castilla». Fue una decisión «arbitraria» para «hacer prevalecer las ideas de la República por encima de las ideas de Nación y Patria»




«El cambio de la bandera hecho por la República constituyó un grave error». La frase que acaban de leer fue escrita, por extraño que les parezca, por uno de los más fervientes y aguerridos defensores del régimen republicano de 1931: el general Vicente Rojo. El hombre que recibió el encargo de defender Madrid durante el levantamiento de las tropas franquistas en 1936 y que, a menudo, es calificado como el «mejor estratega militar de su bando», a pesar de lo cual no tuvo reparos en criticar a su Gobierno por instaurar la enseña tricolor que, según él, «no nació del pueblo, sino de una minoría sectaria».
Esta defensa a ultranza de la bandera rojigualda fue realizada en 1939, pero no fue descubierta hasta 2014 por el abogado Javier Nart en el archivo de la familia Rojo, ubicado en el Archivo Histórico Nacional. Allí estaba junto a buena parte de la correspondencia privada del general responsable de la única gran victoria del bando republicano en la Guerra Civil: la conquista de Teruel. El militar que consiguió, además, retrasar el desastre final con su intervención en las batallas de Belchite, Brunete y el Ebro. Acciones todas ellas con las que obtuvo un gran prestigio entre los sublevados. Tal es así que, al fallecer en 1966 en Madrid, incluso recibió halagos por parte del diario «El Alcázar», el órgano de los excombatientes franquistas, que no fueron censurados por el régimen.
El mencionado texto fue hallado concretamente entre un montón de borradores de artículos que posiblemente estarían destinados a la revista que Rojo fundó en Buenos Aires, «Pensamiento Español», un proyecto editorial destinado a recoger las opiniones de los republicanos en el exilio y, sobre todo, a favorecer la conciliación de los españoles que habían combatido durante el conflicto. Esa fue la idea que debió rondar en la cabeza del general al dejar constancia por escrito de su oposición a la enseña republicana por la que se había jugado la vida. «La cuestión de la bandera es uno de los motivos que estúpidamente dividen a los españoles y que tiene su origen en la conducta mezquinamente partidaria de nuestros políticos», apuntaba al inicio del texto.

Desde el exilio

Rojo había llegado a Argentina con su familia desde Francia en agosto de 1939, a bordo del Alcántara. En este buque viajaba también José Ortega y Gasset. Ya debía llevar su texto encima, puesto que estaba fechado en abril de ese mismo año. Es muy probable que fuera concebido en Vernet-les-Bains, la pequeña ciudad del sur de Francia, muy cerca de la frontera con España, donde nuestro protagonista estuvo viviendo unos meses al acabar la guerra.
En él, Vicente Rojo exponía que «la bandera (rojigualda) que teníamos los españoles no era monárquica, sino nacional. Mientras la bandera de los Borbones fue blanca y la bandera real era un guión morado, la bicolor como enseña nacional fue creada por las Cortes españolas en plena efusión de liberalismo, el constitucionalismo y la democracia. Para diseñarla se tomaron algunos de los colores españoles que la Marina de Guerra venía usando tradicionalmente, los cuales habían dado tono a los guiones reales de los Reyes Católicos (rojo) y de Carlos I (amarillo), que eran también los de la enseña tradicional en Aragón, Cataluña y Valencia».
El general republicano daba tres razones por las que fue un auténtico disparate por parte del Gobierno imponer a los españoles la enseña roja, amarilla y morada: «Primero, porque no respondía a una aspiración nacional, ni siquiera popular. La bandera republicana era desconocida por la inmensa mayoría de los españoles. Segundo, porque se reemplazó una bandera nacional por una bandera partidaria y, con ello, solo consiguió dividir a España. Y tercero, porque no era necesaria y, consecuentemente, tan solo podía producir complicaciones, tal y como sucedió».
Vicente Rojo (izquierda) y Manuel Azaña, en noviembre de 1937
Vicente Rojo (izquierda) y Manuel Azaña, en noviembre de 1937 - ABC

Contra los tabúes

Esta opinión no era la que cabría esperar del hombre que, en octubre de 1936, había sido ascendido a teniente coronel y designado jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa comandadas por el famoso general Miaja. Tampoco del hombre que había sido condecorado poco antes con la Placa Laureada de Madrid, la máxima distinción militar, que había sido otorgada únicamente a tres personas más. Pero Rojo no era un general muy común. Era, según muchos historiadores, una figura histórica de gran complejidad, un general católico y conservador que rompió con muchos de los tópicos que se crearon alrededor del Ejército, sin cuestionarse nunca su lealtad a la Segunda República.
El periodista y nieto de nuestro protagonista, José Andrés Rojo, autor del «Retrato de un general republicano» (Tusquets), ponía varios ejemplos de esto durante una entrevista en ABC en 2006: «Un militar de carrera tenía necesariamente que ser franquista. Un católico practicante también se suponía que tenía que ser franquista. Lo mismo ocurría con un hombre de ideas conservadoras, como mi abuelo, que se suponía que tenía que ser franquista, al igual que un patriota español, solo por el hecho de serlo. Pero dentro del Ejército convivían muchas familias. Unas, digamos, más chapadas a la antigua, para las que los militares eran los salvadores de la patria y estaban legitimados para intervenir en política con las armas; y otras, más modernas, que consideraban que el Ejército era una institución que dependía del poder civil y cuyo cometido no era gobernar. Entre estos últimos se encontraba mi abuelo».
Vicente Rojo era un general al que «no le gustaban nada los desórdenes», según lo describió el historiador Jorge Martínez Reverte en este periódico. Un español orgulloso de serlo, en cuyo artículo no solo reflejaba sus sentimientos de rechazo contra la bandera tricolor, sino también su conocimiento de la realidad histórica de su país. «El pueblo no anhelaba incorporar a la bandera el color morado de Castilla –explicaba–. No podía anhelarlo porque la masa del pueblo español ignoraba que el morado fuese el color de Castilla [...]. Los republicanos de la Primera República quisieron introducir su bandera partidaria y crearon la bandera llamada republicana, pero esta no llegó a tener estado oficial y tampoco se popularizó. Nació, según contó el último Presidente de la Primera República, Emilio Castelar, en la Universidad de Barcelona, fundiendo tres colores de tres facultades. No pudo, pues, tener un origen más arbitrario. Por eso no llegó a ser bandera oficial, nacional o popular. Los primeros republicanos, más sensatos que los segundos, no impusieron el cambio».

«¡Viva España!»

Y añadía después: «Ni inconmovible, ni imperdurable ni eterna es la bandera tricolor, porque no nació del pueblo, sino de una minoría sectaria. No crearon pues un símbolo nacional, que ya estaba creado con ese carácter, sino uno de lucha partidario, haciendo prevalecer las ideas de la República por encima de las ideas de Nación y Patria. Hoy los españoles están divididos en torno a dos banderas: tal es el fruto de aquel error [...]. Hay un manifiesto artificio. La injusticia de las persecuciones nada tiene que ver con los colores de la bandera de España. Algunos se apoderaron del grito de “¡viva España!” y se colgaron en un sitio bien visible el crucifijo para proceder en nombre de Dios, pero no por eso los españoles debemos dejar de gritar “¡viva España!”, ni los que sean católicos o protestantes deben renegar de la moral cristiana».
Cuando Rojo explicaba que ya existía un «símbolo nacional», se refería a la bandera establecida por Carlos III en 1785 para la Marina de Guerra, la misma que prácticamente existe hoy con los colores rojo y gualda. Fue esa la que, posteriormente, terminará siendo adoptada como bandera única para todo el Ejército en el Real Decreto de 1843 aprobado por la Reina Isabel II. Según manifestó en 2018 el académico y militar Hugo O’Donnell, durante el acto de celebración del 175 aniversario de la bandera, con esta decisión el monarca español quiso «hacer un gesto a la reconciliación de España».
El historiador Luis Sorando Muzás, por su parte, destaca «el nombre de “nacional” que se dio a esta bandera naval, en contraposición a la Real, en una época en la que el concepto de nación, tal y como lo concebimos hoy, aún no existía». Lo cuenta en su artículo «La bandera rojigualda antes de su instauración para el Ejército», publicado en la «Revista de Historia Militar», que hace referencia a la nueva dimensión que adquirió la enseña tras un largo proceso de transformaciones que duró siglos. El mismo proceso que Vicente Rojo quería poner en valor con su artículo.
Una vez aprobada en 1785, esta bandera se difundió rápidamente, independientemente del régimen que gobernara el país. Ese mismo año pasó a los Correos Marítimos y, en 1786, a las fortificaciones de la costa y a las juntas de Sanidad de los puertos. En 1787, a la Real Compañía de Filipinas y así sucesivamente. Durante la guerra de la Independencia (1808-1814) apareció por primera vez en el batallón de Cazadores de Fernando VII, en Valencia, y, después, en la de los Cazadores Extranjeros. Y de ahí se extendió a todas las guarniciones.
Tuvimos que esperar al Real Decreto de 13 de octubre de 1843 para que se estableciera oficialmente en todas las Fuerzas Armadas. A partir de ahí, se hizo tan popular que pronto empezó a aparecer espontáneamente en los balcones, tendidos taurinos, abanicos y atuendos, hasta hoy.
ABC