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jueves, 30 de abril de 2020

EL JUEZ Y EL POPULISTA


Sin división estricta de poderes, no hay justicia. Hay linchamiento: transposición azarosa del principio de venganza. La acechante guerra del hombre contra el hombre se exime, así, de norma o garantía. Y el Estado se perfila como homicida supremo.
Cuando un vicepresidente deslegitima a la magistratura, el Estado totalitario está a la vuelta de la esquina. Porque el Estado totalitario, el Estado sin contrapesos, es eso: la asunción de todo el poder por el ejecutivo. En tal concentración cifraba Mussolini su gran invento. En su hipérbole asesina puso Hitler el destino de Alemania.
Sorprende -y entristece- que quien, como Fernando Grande-Marlaska, fue un magistrado decente se niegue a verlo. El vicepresidente Iglesias deslegitimó la potestad de los jueces para juzgar a los políticos. Lo cual no sólo destruye a la judicatura, destruye la democracia. «No hubo ninguna posibilidad» -apostilló Marlaska, sin embargo- «de entender que la independencia del poder judicial quedara atacada por las manifestaciones del vicepresidente…
Básicamente, hubo una valoración de una persona que es dirigente de un partido político». Y, de modo asombroso, el antaño juez olvidó especificar que el tal «valorador», además de una «persona que es dirigente de un partido político», era vicepresidente del gobierno en el cual él es ministro. Y olvidó también que las responsabilidades, en un gobierno, son colectivas.
Lo que Pablo Iglesias había proclamado era, sin embargo, inequívoco. Lo cito en toda su extensión, para evitar malentendidos o trastrueques: «En España mucha gente siente que corruptos muy poderosos quedan impunes gracias a sus privilegios y contactos, mientras se condena a quien protestó por un desahucio vergonzoso».
Acusar al poder judicial de prevaricación gremial contra el pueblo humilde, fue un lugar común de los fascismos. Y una coartada para disciplinar a los jueces. Que un gobierno de la UE formule eso hoy, mueve a estupor. A inquietud, si hemos de hablar con propiedad.
Sieyès teorizó la autonomía judicial como único recurso que, al igualar a todos ante un canon, la ley, garantizaría la libertad de cada cual frente a los más fuertes, frente al poder político ante todo.
Sin división de poderes, todo le estaría permitido a un gobierno que dispondría de medios ilimitados para imponer su arbitrio.
El más potente de cuantos sujetos pueblan una sociedad moderna, la poderosísima máquina ejecutiva, a cuyo cargo están armas e instituciones, no debe decidir acerca de las leyes. Eso haría de todos nosotros sus indefensos siervos. Eso busca hoy Iglesias.
Televisión, tribunales, fuerza física… En la composición de esas tres determinaciones ve el siglo XXI asomar el rostro, no de una «nueva normalidad», de un nuevo totalitarismo. Que hoy apunta, al socaire de los medios de excepción -no de alarma- que la crisis pone en manos de políticos sin demasiados escrúpulos.
Ya no necesitan siquiera, como antaño, a bandas de matones para imponer su código. Aunque esas bandas del dirigente político que llamaba a sus militantes a aprestarse a tomar las armas aguarden la ocasión propicia, atrincheradas tras las pantallas de los televisores monopólicamente amigos.
¿Para qué la división de poderes? Para que un vicepresidente que hostigue a los jueces sepa que se verá sentado en el banquillo. Y protegido por las mismas leyes que él abomina. Contra eso lucha Iglesias: es lógico. Eso debiera defender Grande-Marlaska.
Quien un día, no hace tanto, fue un juez íntegro.
Gabriel Albiac ( ABC )

jueves, 8 de marzo de 2018

La juez Alaya rompe su silencio

«Hay una justicia para poderosos y otra para los que no lo son»
La magistrada arremete contra los poderes políticos, a quienes culpa de la falta de independencia judicial

La juez Mercedes Alaya, durante su ponencia sobre independencia judicial

La juez Mercedes Alaya, conocida por la instrucción de causas como la de los falsos ERE de la Junta de Andalucía o los cursos de formación, ha ofrecido este jueves una conferencia crítica acerca de la independencia judicial. La reaparición de la magistrada ha tenido lugar en la Facultad de Derecho de Granada, en un acto organizado por el Foro para la Concordia Civil.
Bajo el título «La independencia judicial en una sociedad democrática», la conferencia de Alaya ha resultado ser un sesudo monólogo en el que ha lamentado una y otra vez las injerencias del poder político en la actividad del poder judicial, lo que supone un ataque contra la división de poderes de los estados democráticos. Con bella parsimonia ha llegado, ha dejado el abrigo sobre la silla, ha tomado asiento y ha comenzado a repartir a zurdas y a diestras. Sin distinción de colores. Ha tenido hasta para la prensa cuyos consejos de administración están copados por políticos.
«Los jueces están solos ante el peligro», ha señalado Mercedes Alaya. La juez ha descargado su forma de ver el mundo judicial ante una sala abarrotada que no daba crédito a las declaraciones de la magistrada. Ha advertido de la paulatina y grave pérdida de independencia que padece el gremio. Las consecuencias han quedado sintetizadas en pocas –y sin embargo lapidarias– palabras: «Hay una justicia para poderosos y hay una justicia para los que no lo son».
En su análisis, ha arremetido contra la jerarquización a la que está sometida la justicia, lo que provoca una «peligrosa» merma de la independencia de jueces y fiscales. Los nombramientos de los miembros del Consejo General del Poder Judicial o del Fiscal General del Estado desembocan en que haya profesionales que «proyectan su carrera con fines políticos», pues «los que mejor se relacionan con los políticos llegarán más lejos que los que tengan más capacidad».
Según la magistrada, «no hay el menor atisbo de posibilidad de actuación al margen del que está por encima». La elección de jueces y fiscales, ha dicho, debería partir del consenso absoluto de todos los partidos políticos. «Que se pongan de acuerdo», ha remachado mientras golpeaba la mesa. Alaya también ha lamentado la «carencia de autonomía presupuestaria» del CGPJ, que se traduce en que estén «siempre limosneando». Por tanto, se dan «situaciones bochornosas» en reuniones en las que se baila «al soniquete de los políticos» mientras los jueces trabajan «con una escasez de medios intolerable» salvada con «un gran esfuerzo personal» que merca su vocación.
Un largo y sonoro aplauso le ha dado la razón al término de su ponencia. «Lo que ha soltado no lo dice nadie en España», comentaban algunos asistentes eufóricos en los corrillos: «Está enfada, se nota; es normal...».
Acusaciones populares: la salvación de la justicia
Mercedes Alaya ha querido hablar en Granada como ciudadana. Y como ciudadana, entre dardo y dardo a los poderes, ha reservado algunas palabras dirigidas expresamente a sus iguales, a quienes ha tratado de concienciar; no sólo en los problemas, sino también en las soluciones. «La única solución es que estos procedimientos se mantengan gracias a las acusaciones populares», una forma de personación que cumple con la premisa de que «la justicia emana del pueblo». Según la magistrada, no hay mayor representación de la voluntad ciudadana que las acusaciones populares, las cuales «pueden complementar el ejercicio de la acción pública», por lo que considera oportuno que sean apoyadas económicamente.
ABC