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miércoles, 11 de septiembre de 2019

Johnsonexit


Cuando David Cameron tuvo lo ocurrencia de convocar un referéndum para que los británicos decidieran si permanecían o se largaban de la Unión Europea, se acuñó la expresión Brexit para referirse a la salida, según los planteamientos de Nigel Farage, líder del United Kingdom Independence Party o UKIP, una formación política de la que surgiría Brexit Party como una escisión del UKIP. Cameron, después de haber conseguido mediante un referéndum, que Escocia permaneciera en el Reino Unido por mayor margen del que señalaban las encuestas, se apuntó a la moda de los referéndums. Pero en este le salió el tiro por la culata. El resultado final señaló que por una pequeña mayoría los británicos -fundamentalmente ingleses- querían irse de la Unión Europea. Las encuestas no habían ponderado adecuadamente la posición de la Gran Bretaña profunda, cuyo voto fue el que decidió el resultado final de la consulta.
La expresión brexit es hoy sinónimo de la salida del Reino Unido de la Unión Europea y, desde la fecha fijada por los propios británicos para su salida, ya que el plazo no contaba hasta que un acuerdo del parlamento británico lo aprobase, los problemas se han acumulado en el Reino Unido, donde la fragmentación entre los que quieren marcharse y los que desean permanecer es evidente. Tanto es así que la fecha de la salida ha sido prorrogada en un intento de buscar que la salida, que parece inexorable, se realice de la forma menos traumática posible.
Las negociaciones han sido complejas y arduas, porque complejo y arduo es el abandono de un miembro de la Unión, a lo que se añade la propia importancia del Reino Unido, y porque la frontera entre las dos Irlandas, durante décadas una línea de sangre, supone un problema añadido. La situación en que, con la salida, queda esa frontera es hoy uno de los problemas principales. Los diferentes intentos de la anterior premier Theresa May por conseguir que el parlamento aprobase unas condiciones de salida pactadas con la Unión Europea se saldaron con estrepitosos fracasos que la llevaron a presentar su dimisión, tanto del gobierno como de la jefatura del Partido Conservador. Esa dimisión ha convertido en primer ministro a Boris Jonhson, un sujeto de actitudes estrafalarias, entre otras la de colocar en una reunión con otro mandatario el pie encima de mesa.
Jonhson es un populista de derechas que ha abanderado la idea de abandonar la Unión Europea el 31 de octubre -última fecha señalada para la salida- dando un portazo. Amenaza incluso con no pagar las cantidades pactadas y que los británicos deben afrontar, como consecuencia de los compromisos contraídos con anterioridad en el seno de la Unión. Lo de Jonhson es irse dando un portazo -actitud a la que le anima el presidente de los Estados Unidos, enemigo visceral de la Unión Europea-, sin que al parecer le preocupen demasiado las consecuencias.
Para no tener que lidiar con la oposición -su posición parlamentaria es extremadamente débil- y no tener que enfrentarse a miembros de su propio partido –ya hay dimisiones- ha tomado la inaudita decisión de cerrar temporalmente el parlamento británico. A Jonhson le parece adecuado si se trata de ganar tiempo para sacar al Reino Unido de Europa. Con él como primer ministro el brexit ha  tomado una nueva dimensión que, dada su particular forma de encarar los asuntos, podríamos denominar como Jonhsonexit: salida por las bravas. Las consecuencias pueden ser funestas para todos… empezando por sus compatriotas.


 José Calvo Poyato Web Oficial.

domingo, 3 de febrero de 2019

GIBRALTAR ES UNA COLONIA


Ayer les advertía que los ingleses sacarían el Peñón, como han sacado la frontera entre las dos Irlandas, barriendo para casa. No han pasado 24 horas y protestan porque la Unión Europea empieza a poner en documentos que se refieren al brexit la nota «Gibraltar es una colonia, a la luz de relevantes resoluciones de la Asamblea General de la ONU»«Algo inaceptable», advierten los ingleses con ese gesto tan british de alzar el mentón. Como no quiero perder el tiempo discutiendo con mentirosos hago lista de los hechos que lo certifican.
Las resoluciones 1541-XV y 1514-XV (1960) de la Asamblea General de la ONU establecen los principios de descolonización de los territorios no autónomos y un año después crea un Comité especial que pide a las potencias coloniales la lista de los territorios que administran. Londres incluye a Gibraltar entre los suyos. O sea, admite que es una colonia.
En 1963 comienza en el Comité (llamado de los 24 por el número de sus miembros) el debate sobre Gibraltar. Pronto se comprueba que no es una colonia cualquiera porque sus habitantes no quieren descolonizarse, quieren seguir bajo la metrópoli.
El debate se prolonga hasta 1967 y será zanjado por la resolución 2353-XXII de la misma Asamblea según el que «Gibraltar tiene que ser descolonizada por conversaciones entre los gobiernos de España y el Reino Unido», declara inválido el referendo celebrado en la Roca y advirte que «toda descolonización que rompa la unidad e integridad territorial de un país va contra los propósitos y principios de la Carta de Naciones Unidas».
La próxima vez que Gibraltar emerge internacionalmente es cuando España ingresa en la Unión Europea, tras haber aceptado que Gibraltar es «un territorio europeo cuya política exterior lleva un Estado miembro», que podía aplicarse tanto a España como al Reino Unido.
Y así ha estado hasta el brexit, que causó enorme alarma en el Peñón. Pues si el Reino Unido sale de la UE, sale también Gibraltar, una mera colonia. Que es lo que ahora recuerda Bruselas.
Pero los ingleses no serían ingleses si lo aceptasen. Quieren que la UE siga defendiendo ese nido de contrabandistas y dinero negro. ¿Y saben qué es lo peor? Que en España haya quienes les apoyan.
José María Carrascal ( ABC )

sábado, 2 de febrero de 2019

Sueños imperiales


Lo que se está viviendo estos días en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte es particularmente grave. El brexit, que es como ha venido en denominarse a su salida de la Unión Europea, se ha convertido en una especie de callejón oscuro y lleno de peligros, del que buscan la manera de salir. Pero no acaban de encontrarla. Es ese un callejón en el que ellos mismos se han metido, en buena parte porque hubo un político miope llamado David Cameron que convocó un referéndum  de cuyo resultado podían derivarse consecuencias inesperadas, pero sobre todo porque una  mayoría de la población británica votó por salir de la Unión. Muchos de quienes votaron por marcharse  consideraban  que la grandeza de su país bastaba para afrontar los retos a que se enfrentan las sociedades, ante un futuro en que el mundo se ha convertido en una aldea global. Esa grandeza de su país, de la que los británicos siempre se han sentido muy pagados, hace que muchos de ellos vivan de las glorias de un imperio que hace décadas periclitó y del que quedan solo sus últimos restos. Esa es una de las razones por la que se aferran a Gibraltar. Mantener la soberanía sobre el Peñón les hace sentirse imperiales, cuando ya no lo son.
Esa situación recuerda en algo a lo que sucedía en la España de finales del siglo XIX, en la antesala de lo que acabó denominándose Desastre del Noventa y ocho. En vísperas de la guerra que iba a enfrentar militarmente a España con los Estados Unidos, muchos españoles de entonces hacían alarde de  luchar contra lo que consideraban, ignorando la realidad, un país de vaqueros con nula experiencia militar. Se sentían los herederos de quienes habían escrito gestas militares como las de San Quintín, la de Lepanto o la de Pavía. La realidad era que a la  España de Cánovas del Castillo y de Sagasta le quedaban los restos de lo que otrora había sido un gran imperio -unos restos mucho más importantes de lo que son hoy los restos de lo que fue el imperio británico-, pero eran muchos los que seguían viviendo de las glorias imperiales. Por eso el batacazo que supuso la derrota ante los yankees llevaría a Joaquín Costa, con sus planteamientos regeneracionistas, a decir aquello de que había que echarle siete llaves al sepulcro del Cid.
Los expertos en demoscopia sostienen que el voto de los británicos que inclinó la balanza hacia el brexit procedía mayoritariamente de personas de cierta edad y vinculadas al mundo rural. Es probable que entre ellos se alimentaran todavía de las glorias de un tiempo en que Gran Bretaña poseía su imperio, imponía al mundo sus principios y los acuerdos se cerraban según las condiciones que ellos dictaban. Hoy los diputados británicos rechazan las que se han negociado para que su salida de la Unión Europea  sea pactada porque las condiciones les parecen inaceptables. Quieren marcharse pero de forma tal que se favorezcan sus intereses, como en tiempos del imperio, y eso, ya no es posible. Esas circunstancias los han llevado a ese callejón de difícil salida. Pero es que no se puede vivir de las glorias del pasado, de una ensoñación imperial. Como les ocurrió a los españoles de finales del siglo XIX. El despertar fue duro, muy duro.
(Publicada en ABC Córdoba el 2 de febrero de 2019 en esta dirección)
 José Calvo Poyato Web Oficial.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Gibraltar y el Brexit


Los británicos entraron en lo que hoy es la Unión Europea en 1973, pero lo hicieron a regañadientes. Para ellos el continente siempre fue un mundo aparte y, desde luego, durante mucho tiempo, principalmente durante la llamada era victoriana, lo miraron con un cierto aire de superioridad. Es reveladora la anécdota de que en Gran Bretaña cuando, por causa de un temporal en el Canal de la Mancha, las comunicaciones quedaban interrumpidas con el resto de Europa, en Londres se afirmaba que «el continente estaba aislado».
Impulsaron la creación una organización, la EFTA, acrónimo en inglés de Asociación Europea de Libre Comercio, cuyo objetivo no era otro que contrarrestar a la incipiente Comunidad Económica Europea. No habían estado a la cabeza de aquel proyecto y no admitían tener que solicitar el ingreso en un club donde con De Gaulle al frente de Francia no tenían una fácil entrada porque el general francés nunca olvidó como lo postergaron en los años de la Segunda Guerra Mundial. La EFTA no pudo con el eje franco-alemán y Gran Bretaña terminó claudicando y abandonando, en 1972, a quienes se habían involucrado en aquel proyecto: Suecia, Finlandia, Portugal, Noruega, Austria… Se vio obligada a solicitar su ingreso, que se produjo en 1973. Para muchos británicos la entrada en la entonces Comunidad Europea fue una humillación. De hecho no han compartido algunas de sus iniciativas más importantes, como la implantación del euro o la constitución del espacio Schengen.
Ahora se marchan, siempre que la Cámara de los Comunes dé el visto bueno a la negociación, que bajo la batuta de Theresa May, han cerrado con los europeos. Algo que no parece estar muy claro, al menos en este momento. En Gran Bretaña se viven fuertes tensiones como consecuencia del referéndum, convocado por David Cameron para solventar problemas internos de su partido, en el que por un escaso margen eligieron marcharse de la Unión. Son muchos quienes opinan que existen serias dudas de que esa sea hoy la postura mayoritaria de los británicos, pero ese fue el resultado del referéndum. Las negociaciones con quienes hasta ahora han sido sus socios han sido muy complicadas y difíciles -pasó el tiempo en que los acuerdos se cerraban según los planteamientos que ellos imponían- y en más de una ocasión han estado a punto de romperse. Finalmente se han cerrado, con dudas hasta el último momento. Más aún, quedan pendientes algunos flecos y uno de ellos nos afecta directamente: la situación en la que queda Gibraltar ante la nueva posición británica respecto de Europa y que tiene una enorme repercusión en un área muy importante de la provincia de Cádiz.
Pedro Sánchez sacó pecho con la cuestión de Gibraltar, se mostró dispuesto a batirse el cobre e incluso afirmó con rotundidad que vetaría el acuerdo, si no se tenía en cuenta la posición de España. No sabemos si se trataba, una vez más, de postureo. Como, cuando fue enviado a Bruselas para su examen el proyecto de presupuesto para 2019 y señaló que dicho borrador había sido considerado por las autoridades comunitarias un documento al que no se le habían puesto serios reparos. El tiempo ha señalado que son muchas las reticencias que despertó. Ahora afirma que se ha respetado la posición de España,Theresa May dice lo contrario. ¿Quién llevará razón? La respuesta la tendremos muy pronto.
(Publicada en ABC Córdoba el 28 de noviembre de 2018 en esta dirección)

domingo, 25 de noviembre de 2018

POR UN PLATO DE LENTEJAS

POR UN PLATO DE LENTEJAS
Lo que Pedro Sánchez vende como «victoria histórica» tiene toda la pinta de victoria pírrica, de Pirro, rey del Epiro, que destrozó a su ejército frente a los romanos. Se trata de una declaración adjunta al acuerdo del Brexit por la que Consejo y Comisión Europea descartan «que el controvertido artículo 184 del mismo sea aplicable a las futuras relaciones de Gibraltar con la Unión Europea».
Pero el artículo se mantiene con su frase trampa: «Respetando plenamente los respectivos órdenes jurídicos», una vía de escape. Ha querido cerrarse con otra garantía: «Las futuras relaciones entre Gibraltar y la Unión Europea deberán contar con el visto bueno de España». Aparte de la dudosa eficacia legal de tales añadidos, llevo medio siglo viendo a los ingleses hacernos promesas para sacarnos algo -abrir la Verja, más líneas telefónicas, co-soberanía, uso del aeropuerto-, y, una vez obtenido, salirnos con que los gibraltareños no les dejan.
¿Quién manda en Gibraltar? ¿Fabián Picardo? Picardo es, todo lo más, un alcalde. Quien manda en Gibraltar es el gobernador, un general o almirante, al tratarse de una base militar. Aunque, ante todo y sobre todo, es una colonia,
Lo certificó el propio Gobierno británico al inscribirlo en la lista de «territorios no autónomos» exigida por la ONU tras aprobar la «carta magna de la descolonización», resolución 1514/XV de su Asamblea General, que, en 1967, exigió a Londres descolonizar Gibraltar de acuerdo con España, «teniendo en cuenta el principio de la integridad territorial de los países» e «invalidando el referéndum celebrado el 10 de septiembre».
Podríamos incluso decir que Gibraltar venía estando bajo la jurisdicción de la ONU más que del Reino Unido. Y Bruselas, menos. Pero nada de eso se dice en el «acuerdo histórico» de Pedro Sánchez. Poco después, Mrs. May y Picardo advertían que nada había cambiado.
Creí que Sánchez tendría más cuajo. Pero se ve que lo reserva para batirse con la oposición. Va a escudarse en los «trabajadores transfronterizos», unos 10.000 dicen aunque, cuando se intenta censarlos, no aparecen por ninguna parte. Como los gibraltareños que viven en España, yendo al Peñón sólo a sus negocios, también invisibles.
Es lo que más me preocupa: que el Gran Gibraltar, desde Sotogrande a Algeciras, con sus sociedades opacas, su lavado de dinero, su contrabando de tabaco, sus alijos de drogas, se legalice porque nuestra clase política no ha tenido el valor de enfrentarse a los intereses del dinero sucio ni a la presión de los grandes países europeos. Más que una bajada de pantalones, se han vendido por un plato de lentejas. O de votos. Todos.
Habíamos perdido el Peñón y medio istmo, pero conservábamos la llave de la Verja. La hemos entregado en una de nuestras más sonadas derrotas contra nosotros mismos. La izquierda lo celebrará, olvidando, o ignorando, que Azaña, como ministro de la Guerra, como se decía entonces, del primer Gobierno de la República, ordenó hacer la instrucción de la tropa ante la Verja. La derecha calla avergonzada, al no haber hecho nada por evitarlo. Volvemos a depender de los demás y de la providencia.
José María Carrascal ( ABC