domingo, 5 de julio de 2020

DESPUÉS DEL DILUVIO



Sánchez soldó su pacto con Iglesias sobre una hipótesis verosímil: no la de «cabalgar al tigre», que algunos anunciaron; sí, la de comprárselo. Podía ser rentable. La transubstanciación domiciliar de Iglesias y Montero sugería una vocación que valía la pena tantear: el tremendismo verbal como vía de autopromoción es una receta vieja y efectiva.
La sombra enjoyada del matrimonio Perón se proyectaba sobre aquellos dos. Y la enigmática opulencia de los cónyuges Kirchner. Además del robo insaciable de los parientes y deudos de Chávez y Maduro. Tal dictaba el ejemplo de los santos custodios. El mapa de navegación de Sánchez -¿o de Redondo?- no carecía de astucia. Para tiempos normales. «Corrómpete y calla».
Y, en esto, llegó la tempestad: coronavirus.
En los tiempos normales, acaparar en una sola familia cargo y sueldo de vicepresidente y de ministra era más que un lindo cuento de hadas: un seguro de vida, al cual pocos sujetos con la somera formación de los dos de Galapagar acceden.
Se les brindaba el privilegio fastuoso de vegetar sin límite, seguir haciendo retórica angelical para los bobos que se tragan cualquier profecía de paraíso, pagar con holgura su enjundiosa hipoteca, codearse con los excelsos, ahorrar un pellizquito para la vejez… Sí, era un buen cálculo el de Sánchez: la pareja populista se avendría a una oferta tan ventajosa.
Ningún accidente insurreccional cabía temer de ellos en un aburridísimo país de la tan convencional UE. Con eso y con una corte de exinsurrectos bien pagados por el erario público, los flamantes nuevos ricos arribarían al futuro amable del buen burgués progresista. Ni por asomo pensó Sánchez que la nueva mercancía, de este ingenioso modo adquirida, fuera a tener tara alguna.
El virus vino a cambiarlo todo. Los tiempos de normalidad saltaban por los aires. Con el país confinado y los medios audiovisuales bajo control riguroso del Ejecutivo, era hora de jugársela a cruz o cara. Iglesias hubiera sido un perfecto imbécil, si no se hubiera apercibido de eso. No lo es. Inculto, sí. Cursi, hasta decir basta.
Moralmente turbio. Imbécil, no. Era un tiempo de desbarajuste en los medidos engranajes del Estado: no existe momento histórico mejor para tomar el poder por abordaje. En condiciones de normalidad, Sánchez le llevaba una ventaja insalvable: el automatismo de la máquina del Estado. Rota esa inercia, Iglesias podía, por primera vez, ponerse a la par de ese aficionadillo socialdemócrata al que siempre despreció de modo tangible.
Ahora, ante la urgente salida del atolladero, las hipótesis se restringen a dos. Y en ninguna de ellas tiene la iniciativa el presidente. O bien Bruselas impone a Sánchez un gobierno de salvación nacional con PP y Cs, como condición para rescatar a España de la bancarrota.
O bien Sánchez se adentra en la cesión de poderes económicos a Iglesias. No hace falta decir que esta segunda hipótesis no da ya sobre un horizonte europeo. Da sobre la Grecia de Varoufakis. Y sobre Venezuela.

Gabriel Albiac ( ABC )

Una ley contra la Historia y la convivencia

Hay muchos hijos acomplejados de franquistas en la izquierda política y mediática que quieren lavar sus miserias familiares emergiendo como heroicos defensores de una democracia que no necesita salvadores. Me siento muy cómodo en este debate porque no soy hijo de franquista y nadie lo fue en mi familia.


El gobierno social-comunista sigue empeñado en su agenda de adoctrinamiento partidista. Es una lástima, aunque temo que el PP no actúe con la firmeza que debería frente a ese esperpento denominado «proyecto de ley de Memoria Democrática». El texto vigente de 2007 ya fue un desastre, pero como me aclaró uno de los «padres» de la criatura: «el PP se queja mucho cuando hacemos estas normas, pero cuando gobierna no las cambia». Me hizo pensar. Es lo que había sucedido cuando llegó Rajoy a la presidencia del Gobierno. El espíritu excesivamente tecnocrático y algo acomplejado con que les llamen franquistas del centro derecha explica muy bien lo que sucedió. Lo único que les preocupaba era la crisis económica. El presidente decidió dejarla sin dotación presupuestaria, pero cualquier jurista sabe que esto no es más que un parche porque era una ley en vigor. Con el triunfo de la izquierda comunista en los grandes municipios, el Gobierno del PP se encontró con una ofensiva en toda regla que fue hábilmente agitada por los medios y periodistas afines. El PSOE se apuntó fervoroso para estigmatizar a su rival y, sobre todo, utilizarlo como otro elemento de cohesión electoral.


Sánchez aprovechó este escenario guerracivilista, que tanto gusta a la izquierda, para sacar a Franco del Valle de los Caídos a la vez que «expropiaban» el cadáver para enterrarlo donde les dio la gana. Todo ello con la sumisa e increíble aquiescencia de la sala Tercera del Supremo, que corrió presurosa al auxilio del Gobierno. En lo que respecta a sacarlo, no tengo ninguna duda jurídica de la capacidad gubernamental, pero lo segundo me pareció un despropósito. Al final, la operación propagandística no dio ningún rédito e incluso la exhumación adquirió una imprevista espectacularidad que provocó auténtico asombro con el despliegue, el uso del estandarte del antiguo jefe del Estado y la corona de laurel que se utilizaba para los héroes griegos y romanos.

El problema de fondo es el desconocimiento de la Historia que afecta al Gobierno social-comunista, a pesar de contar con una pléyade de cortesanos historiadores dispuestos a ejercer de palmeros con el fervor que les caracteriza. Su falta de objetividad eclipsa a los cronistas de la Edad Media y Moderna que tenían como única misión servir a sus príncipes. Cualquier historiador sabe que la memoria no es Historia sino, simplemente, un ejercicio de subjetividad que puede convertirse en la expresión de un fanatismo militante. Una parte de la memoria de oposición la dediqué a la naturaleza y objeto de la Historia, así como su aplicación en el ámbito del Derecho y las Instituciones. No voy a entrar en un desarrollo sobre los despropósitos del romanticismo o el marxismo aplicados a la Historia, porque no hacen más que aplicar el voluntarismo, el partidismo y la superficialidad en lugar de utilizar los métodos científicos de la disciplina.

El comunismo es una de las mayores monstruosidades de la Historia de la Humanidad. Una doctrina que ha cercenado los derechos y libertades en todos los países donde ha gobernado. Ha provocado guerras civiles, así como entre naciones. Ha perseguido a los disidentes, los homosexuales, los judíos y cualquier colectivo que no se sometiera a sus atrocidades. El catálogo de los delitos que ha cometido es tan enorme como sobrecogedor. A pesar de ello, el Gobierno no sopesa ilegalizar una ideología tan abominable. Y me parece bien, porque considero que una democracia no tiene que hacerlo salvo cuando claramente se defienda la comisión de delitos. No les importa pactar con Bildu que, como buena heredera de ETA y su entramado político, no condena los crímenes de la banda terrorista. En cambio, siguen la estela del comunismo en su obsesión por adoctrinar la sociedad para crear «buenos ciudadanos» que asuman la superioridad moral de la izquierda y su concepto antihistórico de la «memoria histórica».

Hay muchos hijos acomplejados de franquistas en la izquierda política y mediática que quieren lavar sus miserias familiares emergiendo como heroicos defensores de una democracia que no necesita salvadores. Me siento muy cómodo en este debate porque no soy hijo de franquista y nadie lo fue en mi familia. Estoy totalmente a favor de que se conozcan los sumarios de los juicios para que sepamos las razones de las condenas y, sobre todo, que los historiadores puedan investigar, utilizando criterios científicos, sobre la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura franquista. Por ello, todos los documentos deben ser accesibles sin ninguna limitación. Es sorprendente cuando escucho o leo a historiadores y políticos definir el franquismo como una dictadura fascista. Está claro que no saben qué fue el fascismo o el nazismo. Nada saben o no quieren saber de la realidad europea del período de entreguerras o la terrible realidad de la ofensiva soviética contra las democracias. Es un terreno en que se ha perdido el rigor y la objetividad.


Esta infantil pretensión de reescribir la Historia y utilizarla políticamente solo tiene un objetivo partidista, aunque se saldrán con la suya porque el PP no derogará esta ley cuando regrese al gobierno, como no lo hizo Rajoy en su momento. No es un proyecto para la convivencia y el rigor histórico, porque si se quiere hablar del franquismo, que me parece bien, se debería poder hacer lo mismo sobre las atrocidades cometidas por socialistas, comunistas y anarquistas durante esos años terribles de la República y la Guerra Civil. Es una obsesión enfermiza que no tuvo el PSOE ni el PCE durante la Transición porque muchos de sus dirigentes sabían con seguridad lo que había sucedido y querían la reconciliación. Era necesario pasar página y dejar la Historia para los historiadores. La izquierda ahora prefiere la confrontación y las trincheras.
Francisco Marhuenda

Comunismo, el maestro del nazismo



LA GESTAPO NAZI COPIÓ LOS MÉTODOS E INVENTOS CREADOS POR LA CHEKA SOVIÉTICA

Comunismo, el maestro del nazismo: así inspiró el terror rojo a la dictadura nazi

La palabra “fascista” es hoy en día profusamente utilizada por la extrema izquierda para etiquetar a toda clase de rivales políticos, sea cual sea su naturaleza ideológica.
El uso de la palabra «fascista» para demonizar a los enemigos de la ultraizquierda
La ultraizquierda ha utilizado históricamente esa palabra para demonizar a liberales, conservadores, democristianos e incluso socialdemócratas (a los que llamaban “social-fascistas” en la Alemania de la década de 1930, como ya expliqué aquí). Su propósito es convertir al rival político en un objetivo a batir, pues llamarte “fascista” es presentarte como alguien que quiere imponer una dictadura y acabar con la libertad. A fin de cuentas, cuando la gente escucha hablar de “fascismo” piensa automáticamente en un tirano y asesino de masas como Hitler.
La derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial permitió concentrar en ese término todas las malas connotaciones que se le pueden atribuir a una ideología, hasta el punto de que muchos ya parecen pensar que la primera y única amenaza totalitaria contra la democracia fue el fascismo. Además, la insistencia en presentar al fascismo como un extremismo de derechas contribuye a alimentar la idea de que todo derechista es un fascista en potencia. Sin embargo, la historia demuestra que ninguna de esas dos ideas son ciertas.
El dictador fascista italiano Benito Mussolini empezó su militancia política en el Partido Socialista, del que fue expulsado en 1914. Fundó entonces un periódico socialista y nacionalista, Il Popolo d’Italia, que se convirtió en el órgano del Partido Fascista en 1921.
El origen socialista del fascismo y del nazismo
Hay que recordar que el fundador del fascismo, Benito Mussolini, procedía del Partido Socialista Italiano, del que fue expulsado en 1914, año en el que fundó un periódico titulado Il Popolo d’Italia, que mantuvo la definición de “socialista” en su cabecera hasta 1918. Ese periódico, que promulgaba un socialismo nacionalista, se convirtió en el órgano del Partido Fascista en 1921.
El fascismo alemán echó a andar en 1919 con un grupo con un significativo nombre: el Partido Obrero Alemán, que en febrero de 1920 se rebautizó como Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), popularmente conocido como Partido Nazi. Igual que el fascismo italiano, el NSDAP promovía un socialismo nacionalista que se oponía tanto al capitalismo como al comunismo, debido al carácter internacionalista del segundo.
Lenin arengando a sus seguidores durante el golpe de Estado bolchevique que liquidó la recién nacida democracia rusa en noviembre de 1917. El fascismo imitó ese método de asalto al poder en Italia cinco años después. Los nazis intentarían algo similar con el Putsch de Múnich en noviembre de 1923.
El odio común de comunistas y fascistas contra la democracia
Los fundadores del fascismo no tuvieron que exprimirse mucho la cabeza para encontrar las fórmulas con las que imponer sus ideas por medio del terror. En 1917, un ideólogo de la extrema izquierda llamado Lenin ya había escrito un libro, “El Estado y la revolución”, propugnando la toma del poder mediante la violencia para instaurar una dictadura. En ese libro, Lenin describió el Estado como “la aplicación organizada y sistemática de la violencia sobre los hombres”, antes siquiera de que apareciesen los partidos con los que Hitler y Mussolini llegaron al poder en Alemania e Italia. Además, el ideólogo ruso despreciaba abiertamente la democracia, que describía con estas palabras: “Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el Parlamento: he aquí la verdadera esencia del parlamentarismo burgués”propugnando abiertamente su destrucción.
La Guardia Roja: el antecesor comunista de las SS hitlerianas
Lenin no escribió ese libro como una mera ensoñación. Unos meses antes, en marzo de 1917, se fundó la Krasnaya Gvardiya (Guardia Roja) como brazo armado de los bolcheviques, una milicia equipada con pistolas, fusiles y ametralladoras que en el momento del golpe de Estado comunista de noviembre de 1917 tenía unos 200.000 integrantes, convirtiéndose en el germen del Ejército Rojo. Faltaban dos años para la aparición del Squadrismo (la milicia fascista italiana), y cuatro años las Sturmabteilung (SA) y ocho para las Schutzstaffel (SS), las milicias del Partido Nazi. Cuando surgieron los grupos violentos de las organizaciones fascistas les bastaba con copiar la experiencia de la Guardia Roja, que ya se había convertido en un ejército.
Miembros de la Guardia Roja de los bolcheviques en Petrogrado en octubre de 1917, armados con pistolas, fusiles y ametralladoras. La milicia comunista fue creada dos años antes de que apareciesen las primeras milicias fascistas en Italia y cuatro años antes que las SA nazis.
Copiando los métodos de Lenin para conquistar el poder mediante la violencia
Lo mismo se puede decir de la toma violenta del poder. Poco después de escribir ese libro, en noviembre de 1917 los bolcheviques, liderados por Lenin, liquidaron la recién nacida democracia rusa mediante un golpe de Estado tras haber perdido las elecciones contra los social-revolucionarios. Nuevamente, la toma por el poder mediante una milicia armada partidista sirvió de ejemplo para el fascismo: cinco años después Mussolini se hizo con el poder en Italia mediante la Marcha sobre Roma de octubre de 1922, cuando decenas de miles de fascistas armados se dirigieron a la histórica capital italiana para tomar el poder bajo amenaza de iniciar una guerra civil si no se lo permitían. En noviembre de 1923 los nazis intentaron algo parecido en Baviera con el fallido Putsch de Múnich.
Cheka: la brutal policía política soviética que sirvió de modelo a la Gestapo nazi
En 1917, con la aparición de la Rusia Soviética, la bandera roja de los bolcheviques se convirtió en la bandera del nuevo Estado, lo mismo que haría el Partido Nazi en Alemania en marzo de 1933. La identificación entre un partido y el Estado nunca había llegado a estos extremos en la historia de Europa. La dictadura soviética puso en marcha rápidamente su maquinaria represiva. En diciembre de 1917 apareció en Rusia la temible Chrezvycháinaya Komíssiya (también conocida como Cheka), la policía política de la dictadura comunista, que aplicó métodos de tortura y ejecución puramente bestiales. La policía secreta zarista, la temida Ojrana, había llegado a tener 15.000 miembros. A finales de 1918 la Cheka ya tenía 40.000 agentes, y dos años más tarde ya eran 280.000. En tres años los bolcheviques había multiplicado por 18 el volumen del aparato represivo del zarismo.
Agentes del NKVD, la policía política de Stalin, apuntando sus revólveres. La Gestapo nazi, creada 16 años después de la Cheka de Lenin, copió y perfeccionó los métodos de represión de la policía secreta soviética.
La Cheka daría paso más tarde a convertirse en el NKVD bajo la dictadura de Stalin. Cuando los nazis crearon la temible Gestapo en 1933, la policía secreta soviética ya acumulaba 16 años de experiencia en torturas, persecución de disidentes, represión de huelgas, deportaciones y ejecuciones. El régimen nazi decidió aprender del régimen soviético. En “Gestapo: Instrument of Tyranny” (1956), el historiador británico Edward Crankshaw escribió: “Para los fines de supervisión general y represión, la Gestapo se inspiró en la policía secreta soviética. Himmler tiene a su disposición un oficial de policía extremadamente capaz, Heinrich Mueller… un estudiante cercano y devoto de métodos soviéticos. Mueller quedó impresionado por la eficiencia del sistema de espionaje interno que había sido perfeccionado por el gobierno soviético, cuyo efecto, idealmente, era aislar al individuo al hacer imposible que nadie confiara en nadie”.
Gulag: la red de campos de concentración comunistas 14 años antes del primer campo nazi
En “Dismantling Tyranny: Transitioning Beyond Totalitarian Regimes” (2005), Ilan Berman y J. Michael Waller señalaron: “Los nazis también estudiaron, copiaron y perfeccionaron los inventos de asesinatos en masa de la Cheka, incluida la camioneta de gas en la que personas fueron conducidas y asesinadas por monóxido de carbono, y el campo de exterminio, para que pudieran exterminar a las poblaciones de manera más eficiente”. De hecho, 14 años antes de la creación del primer campo de concentración nazi, el de Dachau, en abril de 1919 Lenin ordenó la creación del Gulag, la primera gran red de campos de concentración de la historia para encerrar, torturar y asesinar a prisioneros políticos. A finales de 1920 ya había 84 campos con unos 50.000 prisioneros políticos. En octubre de 1923 ya eran 315 campos con 70.000 prisioneros. Para 1940 ya eran 423, y por ellos llegaron a pasar 18 millones de personas.
Un gulag soviético cerca de la ciudad de Molotov (hoy llamada Perm), en la URSS. Lenin dio orden de iniciar el Gulag, la gran red de campos de concentración comunista, 14 años antes de la creación del primer campo de concentración nazi, el de Dachau (Foto: Museo del Gulag, Moscú, vía Alamy y Davis Center).
La NKVD soviética y la Gestapo nazi llegaron a compartir información y experiencias
Los parecidos entre el nazismo y el comunismo van más allá del hecho de que ambos fuesen ideologías socialistas (nacionalista en un caso, internacionalista en el otro). Nazis y soviéticos llegaron a colaborar en la invasión de Polonia en 1939, incluso haciendo un desfile conjunto en Brześć Litewski. Pero la cosa no acabó ahí: el NKVD soviético y la Gestapo nazi llevaron a cabo reuniones conjuntas entre 1939 y 1940 para compartir información y experiencia, especialmente en la represión de la resistencia polaca. Así pues, no es extraño ver ahora a comunistas actuando como fascistas, acosando, amenazando y agrediendo a quienes discrepan. Al fin y al cabo, el comunismo y el fascismo coinciden en su desprecio por la democracia, la libertad y la dignidad humana: lo más parecido que hay a un fascista es un comunista.

sábado, 4 de julio de 2020

Iglesias huye hacia adelante y advierte al juez: Si le imputa “sería el mundo al revés”


 

  • Iglesias ha asegurado que escondió la tarjeta de Dina Bousselham para "protegerla".El líder de Podemos no ha aclarado el resto de dudas y ha pedido una comisión de investigación sobre el caso.
  • Iglesias asegura que todo esto es una persecución policial y mediática.
  • Si te ves acorralado, huye hacia adelante. Esta parece haber sido la consigna que el vicepresidente del Gobierno y líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, ha asumido para afrontar el caso Dina, ya repleto de incoherencias y a poco de sentar al líder de la formación morada en el banquillo de los acusados. El vicepresidente ha dado la cara tras semanas oculto y ha exigido que se celebre una comisión de investigación sobre el caso Dina, el mismo que consideró como un perjudicado a Iglesias por el robo del teléfono de una exasesora (Dina Bousselham) y que ahora amenaza con imputar al líder de Podemos. Ese caso que el dirigente conoció antes de que el juez lo abriera gracias a la filtración de un fiscal. Pero por si al juez Manuel García Castellón se le pasa por la cabeza imputarle, Iglesias le ha advertido: “sería el mundo al revés”.
    “Quienes ahora intentan alterar #LaVerdadDelCasoDina son los mismos que durante años han trabajado desde la cloaca para mentir sobre Podemos. Todas sus denuncias en los tribunales acabaron en nada, pero sirvieron para intoxicar. Ese era el objetivo ayer y lo sigue siendo hoy”, ha comentado Iglesias.
  • Sin embargo, a pesar de que ha dado la cara y ha respondido a algunas preguntas, Iglesias ha eludido aclarar las incógnitas más sensibles que rodean el caso. Y si lo ha intentado, no ha convencido a nadie. ¿Por qué escondió durante meses la tarjeta con la información personal (incluidas fotos íntimas) de su asesora? ¿Quemó él la tarjeta? ¿Algo que decir respecto a las filtraciones del fiscal Stampa?. Y el PP ha elevado aún más el tono tras registrar una pregunta clave: ¿dimitirá si cambia su situación procesal?
    Iglesias, a medida que su situación procesal se complicaba, se ha ocultado durante semanas. No quiso exponerse ante los medios de comunicación para explicar las incógnitas que rodean el caso Dina hasta ahora. Sobre por qué escondió la tarjeta de Dina, el vicepresidente ha asegurado que lo hizo para “protegerla”. “Esto es una persecución policial y mediática. Se han dedicado a mentir durante meses, años, con la intención de perjudicar a mi fuerza política y que no llegáramos al Gobierno“, ha asegurado Iglesias el pasado jueves.
  • Por otro lado, los populares han registrado 44 preguntas para que el vicepresidente aclare si piensa dimitir en el caso de que cambie su situación procesal. Algo que complica más la situación del vicepresidente por todas las veces que aseguró que “en política no se pide perdón, se dimite”.
    El vicepresidente segundo del Gobierno ha recuperado su estrategia inicial, la misma que le sirvió para hacer campaña y venderse como una víctima de “las cloacas” del Estado. Habla de que es una parte perjudicada en todo este robo ocurrido en 2015 y que la única vía posible es la de considerarle una víctima de quien supuestamente robó ese teléfono de su exasesora: el excomisario José Manuel Villarejo. “Creo que los hechos son evidentes”, ha destacado Iglesias.
    Respecto a la tarjeta, Iglesias ha sido claro, sin embargo, sus respuestas no han aclarado las dudas de pesan sobre él. “La habían relacionado ya conmigo (a Dina Bousselham), porque cada mujer con la que trabajo siempre es supuestamente porque mantenemos una relación, y decidí no exponerla a más presión”, ha comentado dejando entrever que escondió la tarjeta para “protegerla”. Una respuesta que no convence a los críticos, razón por la que el PP ha saltado al cuello y ha registrado esas preguntas.
    Sobre su relación con el PSOE y cómo afectará esto a la coalición tan frágil que sostiene el Gobierno, Iglesias ha asegurado que su compañero no está pendiente del tema. “No tiene mayor preocupación al respecto más allá de la dimensión mediática“, ha comentado. Sin embargo, fuentes del PSOE sostienen que el desgaste del líder de Unidas Podemos favorece considerablemente la posición electoral de su partido.Entre tanto, su exasesora Dina Bousselham, el centro de todo este torbellino, sigue defendiendo a Iglesias a capa y espada y ya ha recibido algún que otro rapapolvo en el juzgado porsus contradicciones.

  • CASO DINA: EL VICTIMISMO FALAZ DE PABLO IGLESIAS



    Los ataques de Pablo Iglesias al juez instructor de la Audiencia Nacional, Manuel García Castellón, y a los medios de comunicación críticos con Unidas Podemos sitúan al Gobierno en posiciones inadmisibles, antidemocráticas e impropias de un país miembro de la Unión Europea.
    Solo en regímenes de corte populista, iliberal y autoritario se puede entender que un vicepresidente utilice la radio pública para presionar a la Justicia, descalificando una instrucción en marcha, y arremeter al mismo tiempo contra la prensa por investigar el conocido como caso Dina, por el que Iglesias podría ser citado a declarar como investigado en el Tribunal Supremo.
    Se le imputarían posibles delitos de revelación de secretos -por apropiarse de la tarjeta del móvil de su antigua asesora, Dina Bousselham, como él mismo ha reconocido- y daños -por el borrado de su contenido, tal y como ella declaró ante el magistrado-.
    En la entrevista que concedió ayer a RNE, Iglesias, que había guardado silencio desde que estalló el escándalo, repitió en varias ocasiones -sin citar al juez instructor que le retiró hace días su condición de perjudicado en el caso- que «parece que algunos quieren que los responsables de una cloaca, que quedó acreditada en sede parlamentaria, se vayan de rositas», insinuando una posible prevaricación de García Castellón y hasta su disparatada sumisión a Villarejo.
    Acto seguido, recordó que esa «cloaca» es ahora ante todo mediática y tachó de «gentuza» y «tipejos» a conocidos periodistas y medios de comunicación, entre ellos EL MUNDO. Finalmente, calificó de «bajezas» las informaciones publicadas por varios medios referidas a una posible filtración de información de la Fiscalía a la abogada de su partido, Marta Flor, para ayudar a Unidas Podemos en su defensa.
    Es cierto que la actitud de Iglesias es propia de un político que se siente acorralado por sus propias mentiras y teme ser desplazado de su posición de poder, pero no hay que olvidar que de momento sigue siendo vicepresidente del Gobierno.
    Y su virulenta reacción contra la Justicia y los medios de comunicación, dos pilares de nuestro sistema democrático, son una muestra del peligro que representa tener en el Consejo de Ministros a alguien que ha declarado abierta y reiteradamente su voluntad de acabar con el sistema constitucional vigente.
    Si Sánchez quiere ganar credibilidad en Europa y contar con la colaboración institucional del principal partido de la oposición, deberá asumir que su cercanía a un populista megalómano desprestigia internacionalmente el nombre de España y hace inviable cualquier acercamiento entre los dos principales partidos políticos en el Parlamento.
    El Partido Popular presentó ayer en el Congreso una batería de 44 preguntas escritas a Iglesias sobre su participación en el caso, denunciando que en su entrevista en la radio pública Iglesias no negó «el chivatazo» de la Fiscalía.
    Pero la verdadera catadura de Iglesias no quedó ayer solo en evidencia por sus graves acusaciones e injurias para intentar salvar su posición. Además, evidenció que su feminismo es solo una máscara electoral al reconocer que se quedó con la tarjeta de Bousselham, a la que presentó como una desamparada «mujer de veintitantos años», para «protegerla».
     Una actitud paternalista y «heteropatriarcal» que contrasta con su discurso, que ya sabemos impostado y falso.
    El Mundo
    viñeta de Linda Galmor

    IGLESIAS, TINTA DE CALAMAR



    El muy social vicepresidente Iglesias, padre de familia numerosa de 41 años, rompió ayer en una radio amiga su silencio sobre el turbio enredo telefónico que desprestigia su ya menguante figura política (Podemos está pinchando en los sondeos de Galicia y el País Vasco). Se trata del que podríamos denominar «Caso de la tarjeta chamuscada de la joven colaboradora íntima del líder».
    Iglesias Turrión, que en su día tomó clases de teatro, interpretó en RNE el papel del ofendido. Un ejercicio de tinta de calamar tan impostado que hasta causaba cierto rubor ajeno. Tal vez resulte de interés general diseccionar sus argumentos.
    -Iglesias es marrullero y de ideología tóxica, pero se le atribuye inteligencia. Como sofista, se presupone que es de los buenos. Por eso resulta forzado y zafio que su única vía de defensa consista en camuflar sus problemas personales invocando «las cloacas» de Mariano y Soraya. Para escaquearse de una posible comisión en el Congreso sobre al caso Dina, advirtió que solo irá si acuden también Rajoy y Santamaría. Más tinta de calamar, pues aquí se investigan hechos concretos de Iglesias: ¿Destruyó la tarjeta del teléfono de su colaboradora íntima Dina Bousselham y luego se inventó que era víctima de un entramado de «las cloacas del Estado»? Sí o no.
    -Iglesias manifestó en la entrevista en RNE que «Dina no ha dicho en ningún caso que la tarjeta tuviese el más mínimo deterioro». Desacomplejada manera de mentir. El 16 de mayo, Dina reconoció -¡20 veces!- ante el juez que cuando Iglesias le devolvió la tarjeta no funcionaba. De hecho, detalló que la llevó a un especialista informático a ver si podía recuperar el contenido y no hubo manera. Es decir, Iglesias la recibe en enero de 2016, de manos del presidente del Grupo Zeta, y se la devuelve a Dina, según él mismo ha reconocido, en verano (y destrozada). ¿Por qué se reservó más de seis meses una tarjeta que según comentó ayer incluía imágenes íntimas?
    -¿Qué hace cualquier persona normal si recibe una tarjeta de móvil robada a una amiga y que contiene imágenes sexuales? Pues devolvérsela al instante, por supuesto. Pero Iglesias se la queda durante meses. ¿Por qué? ¿Para qué? Pues alega que para proteger a Dina y «no someterla a más presión». Retorcida explicación, y de soniquete machista, pues pinta a su colaboradora como un ser incapaz, desvalido, que ha de ser protegida por el macho alfa.
    Nada extraño viniendo del supuesto feminista que a lo largo de su carrera política ha ido promocionando y degradando a mujeres al albur de sus relaciones sentimentales. Y una curiosidad: casualmente, Dina cambió su declaración ante el juez tras verse promocionada a directora de un nuevo digital impulsado por Podemos. Damos por descontado que no fue un modo de comprar su silencio.
    Al final, la Fiscalía PSOE de nuestra Lola echará un capote para desfacer el entuerto. Pero por ahora, el misterio de la tarjeta chamuscada sigue amargando al social vicepresidente.
    Luis Ventoso ( ABC )
    viñeta de Linda Galmor

    SER O SENTIR


    Cuenta uno de los periodistas catalanes que mejor conoce a Carlos Puigdemont que cuando viajaba de Barcelona a Madrid en vez de utilizar el Puente aéreo compraba un billete de una compañía extranjera con destino a cualquier país europeo que hacia escala en la capital de España y así tenía la sensación de provenir de otro país. La operación le salía algo más cara aunque es muy probable que el sobrecoste lo pagase el Ayuntamiento.
    Siempre he sostenido que los sentimientos constituyen una de las parcelas de la intimidad de las personas en las que nadie más puede interferir y por lo tanto no deben ser objeto de discusión, a menos que amparándose en esos sentimientos alguien falte el respeto a quien no piensa como él, pero salvo esa excepción resulta inútil juzgar a los demás por lo que creen que son y solo nos queda opinar de sus actos.
    Esta reflexión inicial me la ha inspirado la respuesta que el lendakari Jñigo Urkullu le ha dado a un periodista que se ha empeñado en que los vascos se declaren españoles  aunque no se sientan como tales. La discusión tiene dos facetas: la jurídica y la emocional y por eso el jefe del gobierno vasco fue preciso y correcto al responderle: “Yo no me siento español, Me siento vasco”, afirmación que no es incompatible con que en su carné de identidad o su pasaporte  ponga otra cosa.
    Sin embargo este asunto da para mucho más aunque finalmente el silogismo  nos lleve siempre a la misma conclusión.
    Hay gente que afirma que no son personas sino cosas, cobardes que dicen que son  valientes, tontos esféricos que se creen ocurrentes, políticos con currículo de asesinos que piensan que son hombres de paz, machistas que bajo el pretexto de que querer proteger a su débil compañera conservan durante cerca de un año una tarjeta de memoria que ella creía que le habían robado, políticos ladrones  que  se proclaman inocentes pero acabarán entrando en la cárcel, mentirosos compulsivos que en cada rueda de prensa o entrevista con el masajeador de turno se doctoran en una nueva falsedad.
    Todos ellos y ellas dicen esas mentiras porque en el fondo sienten que son verdades, y siguiendo la lógica del argumento inicial habría que amnistiarles por falta de malicia en su intencionalidad,  pero me temo que no es posible porque el código penal no contempla que la ignorancia o la  estupidez sean eximentes.
    Diego Armario