jueves, 19 de noviembre de 2020

La piel de Medina Azahara

 

Del desprecio de los saqueadores, la ciudad renace de sus cenizas y es hoy admirada mundialmente


Querida Córdoba: Tienes una joya en la falda de la Sierra, olvidada durante siglos, que se llegó a confundir con la Córdoba romana, fíjate que disparate. Su identidad se borró hasta el punto de que los terrenos, transformados en dehesa de ganado, se conocían como «Córdoba la Vieja». Los restos de la ciudad, que fue símbolo y emblema del poder califal en tiempos de Abderramán III, su constructor, fueron un almacén de materiales de construcción al aire libre, tras su destrucción por los bereberes en 1010, así que permaneció menos de un siglo en pie, qué dolor, Córdoba. Los saqueadores se llevaban impunemente sus sillares, fustes y capiteles para incorporarlos a iglesias y palacios. San Jerónimo se construyó con piedras de allí. Y en la Giralda hay capiteles de la misma procedencia, muchos. Pero los expoliadores despreciaban la piel del palacio, es decir, los atauriques con decoración vegetal que revestían arcos y salones. Menos mal, pues gracias a aquel desprecio Medina Azahara va renaciendo de sus cenizas y el mundo la admira hoy como Patrimonio de la Humanidad, el cuarto que ya sumas, Córdoba, un póker.

Pero esa piel hay que mimarla. Ahora se ha lavado la cara de la imponente portada de la Casa de Yafar -el poderoso eunuco que llegó a ser primer ministro de al-Hakam II- eliminando la microflora y otras adherencias improcedentes para que luzca con todo esplendor su fina decoración. Cerca de veinte mil euros ha gastado la Junta en acicalarla, pero están bien empleados para que el brillo no se apague, ¿verdad, querida Córdoba? Y estamos esperando con impaciencia que Antonio Vallejo, el sabio director, termine de subsanar los achaques del Salón Rico, la joya de la corona, y se reabra a la admiración del mundo ese recinto de inspiración oriental donde Abderramán III recibía a los embajadores.

En el poemario que le dedicó Ricardo Molina llamó al palacio «silencioso reino de ruinas», y así la denominaban también las guías antiguas, «ruinas de Medina Azahara», humillante. Pero cuando la consejería de Cultura asumió su gestión dignificó el nombre, llamándola «conjunto arqueológico». Eso ya es otra cosa, ¿verdad Córdoba? «Dentro acaricio el capitel mordido / por los soles y el musgo», confesaba Ricardo en otro verso. Cuando subí por primera vez, hace tantos años que he perdido la cuenta, me llamó la atención el inmenso puzle de atauriques esparcidos en el suelo por doquier, ennegrecidos por la intemperie y semiocultos por el yerbazal, entre los que jugaban al escondite las lagartijas, y vi cómo obreros pacientes trataban de unirlos en el suelo siguiendo los elementos decorativos -igual que los niños forman los rompecabezas- para luego reintegrarlos a los muros. Era la fragmentada piel de mármol o piedra que se ha ido recomponiendo con paciencia infinita para devolverla a aquel palacio de leyenda que fue flor de un día, cuya excavación se demoró hasta 1910, bajo la dirección sucesiva de los arquitectos Ricardo Velázquez Bosco y Félix Hernández, hoy recordados en dos de tus calles, Córdoba.

Francisco Solano MárquezFrancisco Solano MárquezArticulista de Opinión

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