martes, 18 de julio de 2017

El 18 de julio no fue un golpe a la democracia: ya la habían matado al asesinar a Calvo Sotelo

La Guerra Civil española no fue una lucha entre demócratas y antidemócratas

El 18 de julio no fue un golpe a la democracia: ya la habían matado al asesinar a Calvo Sotelo

      
Tal día como hoy en 1936, guarniciones y ciudades de la España peninsular se unieron al alzamiento iniciado por fuerzas militares el día anterior en África. Empezaba la Guerra Civil Española.
Cosas que posiblemente no te han explicado sobre la Segunda República
Esto es lo que dijo entonces de la Segunda República la izquierda que ahora la ensalza
Después de tantos años, y con los datos que conocemos a día de hoy, ya va siendo hora de revisar dos mitos: que el 18 de julio fue un golpe contra la República y que el bando contrario defendía la democracia. Ciertamente, fuerzas como la Falange o los Requetés, que aportaron un considerable contingente de voluntarios a las filas de los alzados, no tenían ninguna simpatía ideológica por el sistema democrático. Sí que lo tenía la derecha parlamentaria, muchos de cuyos simpatizantes también se sumaron al alzamiento. La derecha parlamentaria, especialmente la CEDA, creía en la democracia pero fue expulsada de ella por una izquierda muy radicalizada.
La radicalización de la izquierda y su desprecio por la democracia
De hecho, esa izquierda radical demostró un escaso respeto por la democracia. Recordemos que en 1917 los comunistas habían abortado la naciente democracia rusa con un golpe de Estado, tras el que instauraron una brutal dictadura que en seis años asesinó a más de un millón de personas por motivos políticos o religiosos, emprendiendo una brutal represión contra las iglesias cristianas y lanzando una política de incautaciones que acabó matando de hambre a entre 3,8 y 6 millones de personas. En Alemania, la recién nacida República de Weimar tuvo que enfrentarse en sus primeros meses de vida a un golpe de Estado de los espartaquistas (así se llamaban entonces los comunistas alemanes) que se saldó con miles de muertos y estuvo a punto de empujar al país a una Guerra Civil. Otro país democrático, la Segunda República polaca, tuvo que hacer frente a una invasión bolchevique, ordenada por Lenin para imponer el comunismo en el resto de Europa. En Alemania, el Partido Comunista Alemán y el Partido Nacional-Socialista compitieron en matonismo para desestabilizar la República de Weimar, un objetivo en el que incluso se unieron desde las instituciones: de 241 cuestiones votadas en el Reichstag y en el parlamento de Prusia en 1929 y 1930, nazis y comunistas votaron juntos en el 70% de las ocasiones.
El extremismo antidemocrático del PSOE de Largo Caballero
En España, el panorama que presentaba la izquierda no era mucho mejor. Había una izquierda democrática, llamada “burguesa” por sus vecinos de escaño socialistas y comunistas, que de demócratas tenían poco o nada. En 1910 Pablo Iglesias Posse, fundador del PSOE, ya había amenazado de muerte desde la tribuna de las Cortes al dirigente conservador Carlos Maura: “hemos llegado al extremo de considerar que antes que Su Señoría suba al poder debemos llegar al atentado personal”. Ya en los primeros meses de la República, ante la mera posibilidad de que la falta de apoyos parlamentarios obligase a disolver el primer gobierno de izquierdas, el socialista Francisco Largo Caballero, entonces Ministro de Economía, amenazó con una guerra civil en unas palabras pronunciadas el 23 de noviembre de 1931: “No puedo aceptar la posibilidad, que sería un reto al partido, y que nos obligaría a ir a una guerra civil”. Cada vez más radicalizado, en febrero de 1933 Largo Caballero advirtió de lo que pasaría si el PSOE no ganaba las elecciones: “Si no nos permiten conquistar el poder con arreglo a la Constitución… tendremos que conquistarlo de otra manera”. En julio Largo Caballero se declaró partidario, sin rodeos, de una dictadura socialista, y en el periódico oficial del PSOE lo proclamaron a toda plana:

Segunda página de la edición de El Socialista, periódico oficial del PSOE, del 25 de julio de 1933
En noviembre de 1933, poco antes de las primeras elecciones en las que podrían votar las mujeres, el líder del PSOE abogaba por una “dictadura del proletariado”, con el argumento de que una mayoría burguesa en las urnas sería una “dictadura”:

Página 2 de la edición de El Socialista, periódico oficial del PSOE, del 15 de noviembre de 1933
El PCE se proponía instaurar una dictadura comunista ya en 1932
La posición del Partido Comunista de España, a las órdenes de Moscú (es decir, de Stalin) era casi idéntica a la del PSOE. El 7 de agosto de 1931, el diario Pravda, órgano oficial del Partico Comunista de la URSS, afirmó que el gobierno de republicanos y socialistas en España era “tan parecido a una dictadura militar como un huevo a otro”. En la misma línea, Manuel Hurtado Benítez, delegado del PCE ante el XII Pleno de la Internacional Comunista, declaró en 1932: “La contrarrevolución encarnada en Azaña y Largo Caballero se desenmascara más y más ante las masas” (…) El Partido Comunista de España consciente de la responsabilidad histórica que pesa sobre él, lucha con todas sus fuerzas por el derrumbamiento del poder burgués y por la instauración en España del poder de los Soviets.. Es decir, que el PCE no tenía el más mínimo interés en sostener un régimen democrático: pretendía, sin rodeos, imponer una dictadura comunista en España.
 
El PSOE llamó a una ‘bendita’ guerra tras perder las elecciones de 1933
El 19 de noviembre de 1933 la CEDA ganaba las elecciones con 115 escaños, seguida del Partido Radical, con 102, y el PSOE, con 59. Sin esperar a que se formase un gobierno, los anarquistas de la CNT iniciaron el 8 de diciembre un sangriento levantamiento golpista (disfrazado de huelga general), que se saldó con 89 muertos y 163 heridos, atentados con explosivos, destrucción de archivos, quema de iglesias, atentados contra vías férreas, puentes, líneas telegráficas y telefónicas y el descarrilamiento provocado del tren rápido Barcelona-Sevilla en Punzol (Valencia), un atentado terrorista que asesinó 23 pasajeros, dejando 38 heridos. Las amenazas de la izquierda de lanzar una insurrección armada si la CEDA llegaba al gobierno tras ganar las elecciones llevaron al Presidente de la República, Alcalá Zamora, a ignorar los resultados electorales y encomendar la formación de un gobierno a Lerroux, líder del Partido Radical. A pesar de ello, la izquierda continuó con sus amenazas. El 25 de septiembre de 1934, el periódico del PSOE decía en portada: “Renuncie todo el mundo a la revolución pacífica, que es una utopía. En período revolucionario no hay país que no esté en guerra. Bendita la guerra contra los causantes de la ruina de España“.
Finalmente la CEDA llegó al poder y el PSOE respondió con un golpe de Estado
La CEDA se resignó ante la situación forzada por la violencia izquierdista, pero en otoño pidió a Lerroux poder entrar en el gobierno. Ante la llegada al gobierno de la derecha que había ganado las elecciones, el 5 de octubre el PSOE cumplió sus amenazas y dio un golpe de Estado, disfrazado de huelga general revolucionaria y que sólo tuvo cierto éxito en Asturias. Ya sólo en el principado, la intentona golpista se saldó con varios cientos de muertos, entre ellos 300 militares y agentes de las fuerzas del orden y 33 sacerdotes y religiosos asesinados por los golpistas, que además destruyeron 17 iglesias y 40 edificios religiosos, así como docenas de fábricas, puentes, casas y edificios públicos. En Cataluña, Lluís Companys, dirigente de ERC, aprovechaba para dar un golpe separatista que se saldó con 107 muertos. De cara a las siguientes elecciones de febrero de 1936, buena parte de los mensajes de la izquierda iría encaminado a prometer una amnistía general, es decir, la impunidad para los golpistas.
 
La izquierda amañó las elecciones de 1936 para hacerse con el poder
Hace poco los historiadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García han probado con documentos oficiales que en febrero de 1936 la izquierda dio un pucherazo en toda regla para hacerse con el poder. Lo que vino después de esa masiva trampa electoral fue una ola de violencia sin precedentes, resumida el 16 de junio de 1936 desde la tribuna de las Cortes por José María Gil Robles, jefe de la CEDA: “Habéis ejercido el poder con arbitrariedad y total ineficacia. Los datos estadísticos lo prueban: desde el 16 de febrero hasta el 15 de junio último un resumen numérico arroja los siguientes datos: iglesias totalmente destruidas, 160; asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos e intentos de asalto, 251; muertos, 269; heridos de diferente gravedad, 1.287; agresiones personales frustradas o cuyas consecuencias no constan, 215; atracos consumados, 138; tentativas de atracos, 23; centros políticos y particulares destrozados, 69; idem asaltados, 312; huelgas generales, 113; huelgas parciales, 228; periódicos totalmente destruidos, 10; asaltos a periódicos e intentos de asaltos y destrozos, 33; bombas y petardos que estallan, 146; recogidos sin estallar, 78″,
El secuestro y asesinato de un líder derechista amenazado por el PSOE
Ese mismo día, el dirigente del partido derechista Renovación Española, José Calvo Sotelo, respondía al clima de violencia y a las amenazas de la izquierda: “Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: ‘Señor, la vida podéis quitarme pero más no podéis”. Y es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio”. Su intervención era contestada con una amenaza por la diputada comunista Dolores Ibárruri: “Este hombre ha hablado por última vez”. No sería la última amenaza lanzada desde los escaños de la izquierda en las Cortes contra la oposición de derechas. En la sesión parlamentaria del 1 de julio, el diputado del PSOE Ángel Galarza amenazaba a Calvo Sotelo: “Pensando en Su Señoría, encuentro justificado todo, incluso el atentado que le prive de la vida”. A pesar del tumulto que se formó, el diputado socialista se negó a retirar sus palabras. El 13 de julio se cumplió la amenaza: fuerzas policiales afines al PSOE y a las órdenes del gobierno secuestraban a Calvo Sotelo en su domicilio, tras haber intentado secuestrar al jefe de la oposición, Gil Robles. Poco después, le mataron de un disparo en la nuca.

El forense, doctor Piga, de bata blanca, ante el cadáver de José Calvo Sotelo
El crimen decantó a muchos a favor de la rebelión contra el Frente Popular
 
Los implicados en el crimen no fueron castigados. En lugar de eso, el gobierno del Frente Popular detuvo en las horas siguientes a docenas de personas de derechas. Tras el crimen, Gil Robles denunció que los escoltas de Calvo Sotelo -miembros de un cuerpo armado del Estado- habían recibido órdenes de desampararle. El diputado Juan Ventosa Calvell, de la Lliga Regionalista Catalana, había denunciado antes del 13 de julio que contra Calvo Sotelo se preparaba un atentado y que se habían cursado “órdenes para que se deje impune”. Antes de este crimen, y en reacción al caos que reinaba en España, algunos militares ya estaban preparando un alzamiento.
Además de los mandos más bien conservadores o incluso afectos al carlismo o a la Falange, entre ellos también había militares tan afectos a la República como el general Gonzalo Queipo de Llano, que había sido Jefe del Cuarto Militar del presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, e incluso masones como los generales Aranda, Muñoz Castellanos y Cabanellas; este último, por ser el general de más edad de los alzados, llegó a asumir la jefatura de la Junta de Defensa Nacional de Burgos. El asesinato de un dirigente de la oposición les proporcionaría un gran respaldo entre una parte considerable de la opinión pública, pues muchos españoles que hasta entonces tenían dudas, se dieron cuenta de que el país se dirigía hacia una dictadura socialista. En una sociedad española en pleno estado de ebullición debido a la violencia política y a la inacción del gobierno del Frente Popular, ese asesinato fue el tiro de gracia a una democracia ya moribunda, y el detonante de la Guerra Civil. Así lo entendió incluso el propio editor del diario “El Socialista”, Julián Zugazagoitia, al enterarse del asesinato por Luis Cuenca, autor del disparo que acabó con la vida de Calvo Sotelo: “Ese atentado es la guerra”.

Representación artística de los mártires hospitalarios de Calafell, que murieron asesinados por milicianos rojos en esta población de Tarragona el 30 de julio de 1936.
Con su odio, la izquierda empujó a muchos católicos a apoyar a los alzados
Al estallar la guerra, la izquierda desató una salvaje persecución contra los católicos, asesinando a 13 obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos y 283 religiosas, (muchas de éstas, además, violadas), además de a miles de laicos. Esta persecución provocó una gran conmoción entre muchos católicos, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Ante esa reedición de la persecución cristianófoba bolchevique de 1917, muchos católicos de otros países ofrecieron su ayuda al bando nacional, incluso llegando voluntarios portugueses, franceses, irlandeses, ingleses, belgas, rusos blancos, rumanos y de otros países. La mayoría de los que combatían con el bando nacional no lo veían como una lucha entre la democracia y la dictadura, sino entre la civilización occidental cristiana y el comunismo. Pensemos que en aquellos momentos ya se habían iniciado las purgas estalinistas en la URSS, y Stalin ofreció su ayuda a la República durante la contienda.
 
El del Frente Popular no fue un gobierno ni legítimo ni democrático
Teniendo en cuenta estos hechos, es absurdo seguir afirmando que el 18 de julio de 1936 había un gobierno legítimo y democrático en España. El del Frente Popular no era un gobierno legítimo -pues llegó al poder gracias a un pucherazo masivo, hoy más que probado-, y no actuó como un gobierno democrático, sino como una banda de gángsters, concediendo total impunidad a la violencia izquierdista e incluso amparando el asesinato de uno de los líderes de la oposición. La situación de España antes del 18 de julio de 1936 se parece mucho a la situación de Venezuela con el régimen de Maduro, con un gobierno que viola los derechos civiles y se salta la legalidad para echar a la oposición del juego político, conduciendo a la sociedad a unas cotas de violencia propias de un país en guerra. En uno y otro caso ya no procede hablar de democracias, sino de dictaduras de facto. Es comprensible, por una cuestión de mera supervivencia, que en una situación así haya gente que ya no vea más salida que rebelarse. Lo que resulta hipócrita es que esa rebelión la critique la misma izquierda que ensalza el golpe de Asturias de 1934, o que clame contra la dictadura franquista la izquierda que ensalza a un dictador tan brutal como Lenin, que en solo seis años asesinó a diez veces más gente que el régimen de Franco en cuatro décadas.
La Guerra Civil no fue una lucha entre demócratas y antidemócratas
Por otra parte, es una mentira decir que la Guerra Civil fue una contienda entre demócratas y antidemócratas, o entre buenos y malos. En ambos bandos había personas que tenían la esperanza de que España volviese a una cierta normalidad democrática, pero tanto en el bando nacional como en el republicano la voz cantante la llevaban personas que no creían en la democracia. Demonizar a unos y santificar a otros es un insulto a todas las víctimas inocentes de ambos bandos. Lo indignante es que en un país democrático se prohiba honrar a las víctimas del bando republicano y a la vez se levanten monumentos y se dediquen calles a totalitarios de izquierda como Largo Caballero, Negrín, Companys, Carrillo o La Pasionaria, responsables de miles de asesinatos durante la Guerra Civil en la zona roja. Recordemos, como señaló Luis del Pino hace cuatro años, que ya sólo en una provincia, Madrid, y en un mes, noviembre de 1936, el bando republicano asesinó a más gente que la Inquisición española en más de 300 años. Lo mismo se puede decir de los más de 8.000 asesinados en Cataluña durante la rienda bajo la responsabilidad de Companys. Además, entre los asesinatos perpetrados bajo las órdenes de los señalados había incluso niños, como los 50 ejecutados por los comunistas en Paracuellos.

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