domingo, 28 de marzo de 2021

El fracaso de Iglesias, una victoria de Sánchez


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No hay duda de que la batalla de Madrid es muy importante para el futuro de España. Una derrota de la izquierda sería demoledora para el gobierno socialista-comunista. En este sentido, la decisión de Iglesias de abandonar una vicepresidencia sin contenido obedece, precisamente, a la necesidad de salvar a su partido del hundimiento. Hace unos días, las encuestas mostraban que bajaría del cinco por ciento y quedaría fuera de la asamblea madrileña. Era previsible que Más Madrid y su odiado Errejón consiguieran el voto de la izquierda radical, porque el perfil de sus candidatos y la labor realizada les hacen más atractivos. El paso del tiempo castiga con gran dureza a Iglesias y Montero, que se han convertido en las caras más visibles de Podemos, que ha perdido los contrapesos que representaban los que se han ido o sufrido la brutal depuración al estilo estalinista. El hundimiento en Madrid, donde nació el movimiento que crearon, precisamente, Iglesias y Errejón, significaría su acta de defunción. Nada le quedaría al todavía vicepresidente segundo y generaría unas grandes turbulencias en el gobierno de coalición. Por ello, ha tenido que encabezar la lista en un agónico intento por salvar a su partido.

Es difícil saber si el activista Iglesias, sin el lastre que arrastraba por los oropeles de la vicepresidencia, será capaz de superar a Errejón, que es lo único que le interesa. En cualquier caso, al igual que hará una campaña sucia y dura contra Ayuso y el centro derecha, es lógico que le respondan con Galapagar, su patrimonio y el nulo balance de su presencia en el Gobierno. Es fácil insistir en la catástrofe de un gobierno socialista-comunista controlado por La Moncloa. Estamos ante una campaña que será tan dura como bronca, porque la izquierda es inmisericorde y manipuladora en estas cuestiones. El propio Sánchez pedía ayer la «máxima movilización progresista», para que Madrid no «caiga en manos de la coalición de la ultraderecha». El problema es que muchos madrileños no quieren que acabe en manos de la ultraizquierda. Una cosa es la socialdemocracia y otra muy distinta son los comunistas, anticapitalistas y antisistema que marcarán el paso de un hipotético gobierno encabezado por Gabilondo. Este es el grave dilema que hay que afrontar en estas elecciones.

Lo de sacar a pasear al espantajo de Vox era algo tan evidente que a los votantes de centroderecha les da la risa, porque Rocío Monasterio no provoca ningún temor y nadie la ve como una «facha» peligrosa. No conozco ningún cargo electo de esta formación, y como es normal conozco a muchos, me sucede lo mismo con populares, socialistas o comunistas, que responda al tipo ultra que sí existe en otros países europeos. Por regla general, son catedráticos, altos funcionarios de la Administración, militares, empresarios, jueces, médicos… ninguno es un peligroso ultraderechista salvo en la imaginación delirante de comunistas, antisistema y socialistas radicales. En cualquier caso, no quieren pactar con los herederos de ETA o los independentistas que sueñan con destruir España. Estos son mucho más peligrosos que una derecha conservadora y patriótica. A diferencia de Podemos y sus socios no quieren emprender una revolución, con proceso constituyente incluido, para imponer una república bolivariana al estilo de Venezuela o Cuba.

Madrid se ha convertido en la trinchera para defender la España constitucional que no quiere ser una marioneta en manos de Iglesias, Junqueras, Puigdemont y Otegi. La pérdida de la comunidad el 4 de mayo fortalecería a Podemos y a los socios más deleznables del gobierno, mientras que la continuidad en manos del centro derecha permitirá que siga siendo el contrapeso frente a los excesos y errores gubernamentales. En el fondo, es lo que más le conviene a Sánchez para caminar hacia el bipartidismo imperfecto que tanto le gusta y sobre todo añora. El fracaso de Iglesias sería una victoria para el líder del PSOE, porque la experiencia de gobierno no ha podido ser más desastrosa. Ahora podrá dormir tranquilo mientras su enemigo vuelve al activismo callejero y la política diletante de la revolución imaginada en el bar en la facultad.

Cuando Sánchez habla de progreso y progresismo estamos ante una indebida apropiación, por intereses partidistas, de unas ideas que no son privativas de la izquierda. Es más, las políticas socialistas siempre han sido un fracaso en el terreno económico y han dejado España sumida en crisis muy graves. En lo social, han respondido al duro adoctrinamiento ideológico que tanto les gusta y que no son necesariamente un signo de progreso, sino, precisamente, de retroceso. Esto no significa que no hayan realizado cosas positivas, pero los balances han sido muy malos, aunque siempre les ha beneficiado su capacidad propagandística y la simpatía de intelectuales, artistas y periodistas que son magníficos compañeros de viaje.

Iglesias ha conseguido polarizar la campaña favoreciendo la movilización masiva del centroderecha, aunque es posible que salve a su partido de la desaparición. No creo que consiga, en cambio, ganar a Errejón y esto le dejará muy tocado. Hay que tener en cuenta que en el resto de España está mal, porque son confluencias, cuando no las ha perdido, las que se mantienen sin que Iglesias tenga influencia sobre ellas. La búsqueda del plebiscito es algo muy característico de los caudillos populistas como el líder de Podemos, pero muchas veces acaban teniendo un efecto contrario al deseado. Los ataques contra Ayuso son una gran baza electoral para ella, porque la desmesura les resta credibilidad. Es lo que ha sucedido con la gestión de la pandemia, la realidad económica frente al desastre del gobierno o el éxito del hospital Isabel Zendal que ha sido el blanco inconsistente de las iras de socialistas y podemitas. Es lo que sucede, también, cuando se buscan tensiones en un PP que camina unido para conseguir la victoria de Ayuso, porque será, también, de Pablo Casado.

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