miércoles, 20 de febrero de 2019

Sólo Sánchez folla mejor que Sánchez

Pedro Sánchez.



Basta con leer algunos párrafos del Manual de Resistencia de Pedro Sánchez para comprender que, de todos los españoles a los que el jefe del Ejecutivo ha complicado la existencia, quizá la peor parte se la haya llevado su parienta, Begoña Gómez; pues a tenor de lo escrito, la vida conyugal de la pareja ha consistido en el presidente haciéndose el amor a sí mismo y permítanme  esta pequeña licencia heteropatriarcal después de saber que el ‘Nixon de Tetuán‘ o su ‘negro/a‘, ya sea Iván Redondo, Irene Lozano o la Doctora Ochoa, haya llamado a la audiencia del Sálvame “mujeres mayores e incultas”.
Ni el psicoterapeuta más reputado del mundo, desde luego, podría haber predicho que existiera una persona capaz de convertir la depresiva visita a una oficina del paro en la arquetípica excursión dominguera de la familia hasta que Sánchez narró la segunda experiencia laboral de su vida –quitando su etapa de cooperador en la estafa piramidal de Caja Madrid a ancianos ahorradores y, posiblemente, algún pinito como “el puertas” de alguna que otra mancebía familiar de la calle San Bernardo– llegando a las instalaciones del antiguo INEM, como si se tratara de la visita de la familia Obama a Mallorca invitada por Gunilla Von Bismarck. Les invito, si no lo han hecho ya, a que lean este párrafo de las primeras páginas de su autobiografía para comprobar cómo, a falta de urnas, tuvo que convertir la experiencia de sacar el ticket en la clásica maquinita mostosa del subsidio en una improvisada investidura libidinal de él mismo: “Junto a mis hijas, que me acompañaban esa mañana, seguí desarrollando mi resiliencia. Mi capacidad para crecer en la adversidad, y fortaleciéndome en la incertidumbre. Cogí el ticket del número de orden y los tres nos sentamos a esperar. La gente venía a hacerse fotos conmigo, se formó cierto revuelo y salió la directora de la oficina”.

Además de los tórridos pasajes consigo mismo, que no son baladí, hay auténticas joyas gráficas en este Manual de Onanismo del sanchismo que se podrían haber aprovechado para algún epítome para padres en apuros: Recuperen a su hijo adolescente problemático. La mejor de todas las perlas que nos presenta y, como no podía ser de otra manera en otro plagio a Obama que ya deja a Sánchez a la altura de Falete queriendo ser la Pantoja, el presidente, entonces todavía diputado raso, aparece sentado con sus mocasines sobre la mesa dando la espalda a un retablo de madera con aire de confesionario. Bajo la foto reza: “Durante mi etapa como líder de la oposición, en mi despacho del Congreso”. Es probable que, por aquel entonces, no tuviera a su gurú Redondo para recordarle que la imagen del resiliente capaz de lograr metas inimaginables y transformar el sufrimiento en fuerza motora es incompatible con a foto de un quinqui quinceañero despatarrado en su mesa listo para “destripar” la Penthouse.

El Manual de Resistencia es la clara deriva de un ególatra con una falta patológica de empatía. Y muestra, además, el esquema del nuevo rico y su superficialidad imprudente. Sólo desde ese análisis se puede explicar que el presidente de una nación presuma del cambio de un colchón y una cama de 1.800 euros, mientras, a la vez, ayudaba a desmembrar España obsequiando con 500 millones extra al año a los golpistas que hoy se juzgan en el Tribunal Supremo. Sólo desde ese análisis se puede explicar que un tipo capaz de despenalizar las injurias al Rey y de votar contra la penalización de los referendos ilegales use sus conversaciones con el monarca para enaltecerse en su manual del onanismo. O que un tipo llame resiliencia a guillotinar al abogado del Estado para no imputar rebelión a los que subvirtieron el orden constitucional en España y persiga el cadáver de Franco mientras hace de becaria de Maduro. Demasiados analistas y politólogos de este país han confundido la resiliencia de Sánchez con su innata, innegable y morbosa capacidad para hacer el mal.

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